Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

jueves

Diario somalí

Efecto Somalia


No me suicido en lunes ni me muero en domingo, piensa, al levantar los ojos y no ver más que un cielo de plástico de bolsita, ondulando.

Pero no, no levantó los ojos debajo de los párpados hinchados o pegados a un momento sin agua, a una hemorragia, a un sueño que se queda adherido como una calco que dice Save to...algo, algo que no recuerda, una mancha sobre el protocolo pegado a alguna caja que también perdió de vista, como ese azar de cosas que se guardan en la estantería de una mente con polvo y de repente les da un rayo de sol.

Mucho sonido como de marea. Quejidos en marea. Peces muertos que se pudren en la orilla de Dios, y se mantienen, allí podridos, descompuestos al aire y con gusanos, sin tumba para peces que se han muerto por no poder nadar en la sequía.

Abandonado ahí, entre los peces putrefactos y vivos y resecos y muertos, los ojos no respondieron al vaivén del aire que iba trayendo ascos y sollozos.


Por momentos, silencios llenos de pestilencia, en que las moscas desovan en enjambre sobre llagas y mocos y lagañas, pueblan la superficie de esa piel de animal devorado de miedo. No existe la amnistía para nadie. Todo es debilidad y un mal hedor, profuso, amortajante, inmóvil bajo el techo de hule que pandea.

Todo es igual y todos son iguales.

Todos están tirados, apilados, como en un basural hecho con lonas donde superponer los cuerpos en el pequeño espacio, semivivos, semimuertos, subhumanos.

Le caminan las moscas por la boca, encima de los ojos, por los restos de jugo en las heridas, urdiendo entre la barba un mes de mugre, buscando que comer en el despojo, atrayente despojo que huele a sangre fresca, a piel rota y por debajo a carne desgarrada donde puedan crecer gusanos gordos.

Pero la fuerza falta, aún cuando la voluntad sea un estrago que intenta todavía moverse dentro de un resto inmóvil, dolorido entre breves espasmos de anestesia, la fuerza no responde a la cerrada cárcel del dolor.

Perder la sangre. Y uno se queda líquido, amorfo, como un charco valioso del que no puede volver a levantarse. Encima esa sangre, sangre de bóveda, tesáurica y espléndida sangre de cuarenta elegidos sobre un mundo que se desangra también en otros ríos que no son secretos como el suyo, que son ríos populares, de todos los humanos, pero que, igual que ese río preciosísimo e inexacto, tampoco llegan hasta el poco de sombra que consigue ese cielo de hule que se mueve como un refugio de banderas rotas.

De esa sangre no hay, dónde vamos a conseguir eso, llega como un rumor que se imagina.

Recuerda o no, una historia fantástica. Quiere decirle a alguien que igual se puede reemplazar la sangre por el agua de coco, pero no tiene boca ni lengua ni sonidos y aquella reflexión es casi un cuento que se quiere contar por no morir ni en lunes ni en domingo ni en martes ni mañana. Y además, tampoco hay cocos ya en el mundo de los muertos vivientes que se comen de noche entre las sombras, unos a otros, y también a él, ahora que está ahí, arrojado entre todos los despojos que subyacen murientes a la sombra del sol de la intemperie.

Después piensa, dentro de la oscuridad en que las moscas que se lo comen vivo han creado una máscara encima de su cara, que llegará un ángel, morado y taciturno, desnudo como un vicio interminable, a quitarle los pensamientos en una cadena de eslabones sucios de cerebro, hundiéndole las uñas en las arterias que le laten en la piel de la sien.

Y quizás sea mejor. Que se lleve la suavidad mortal de esa agonía en que delira como un hecho fofo, hecho todo de-mente, mientras el cuerpo cede al mal morir, entre todos los muertos en racimo con que comparte lonas, moscas, fetidez y nada.

Entonces llega alguien que se parece a un médico y le hunde las pinzas en la herida, como el más metódico de los torturadores.

No es la primera vez, piensa y resiste, como le pide el médico que habla con alguien que no se queda mudo y le sostiene la cabeza para que no se mueva y dice, no te muevas que te van a curar, si eso es curar en el mundo donde viven las moscas y los muertos.


*


Tro-tro-tro-tro




El camión se sacude con la parsimoniosa modorra de un mamut.


El traqueteo del trucksobre la trocha triste trabaja como un trauma transversal, un trasvasar de sol,un tremebundo trote transilvánico, mientras trasunta tragedia la tropatroglodita que hace trepidar de truculencia el transcurrir transido detropiezos a través de un tragaluz por el que, traicioneramente, transpira eltremor del infierno.


Sube polvo a las bocas y se pega en cada gota de sudor. Traza caminos el polvo en las mejillas, baja desde la frente, empapa el cuello, el pecho, las manos debajo de los guantes. Pinta geografías torcidas y brillantes en una estepa impávida que reverbera sobre y fuera del parabrisas.

El cansancio es un polvo repetido, un estallar seco de sol sobre los anteojos que se queman de luz. La ansiedad se entreduerme, se entrecierra, acumulada como un espacio fresco detrás de un ventana inútilmente abierta.

Nos dormimos de espanto, de anestesia, de hambre.

El camión es un ebrio que escribe sobre un bicho. Hace trazos estúpidos, sacudidas espásticas. Tembloroso en su ronroneo, avanza con bandazos impredecibles que sacuden la carga.

Ahmed Mbede va evitando los muertos que los que siguen vivos abandonan allí donde han caído. Pisa algunos que no puede esquivar, y el camión se encabrita con un sonido seco, a explosión húmeda, que termina enseguida. Y luego, más adelante, se repite, porque nadie se detiene en esos caminos. Nadie se detiene, aunque no haya ningún adelante al que llegar.

Hace calor. Es un calor que llaga. Un inmundo calor, conjugado con las toses torcidas de un motor de erres largas y agonizantes, como gemidos hincados al paisaje y que en el fondo, representa la voz de las ensoñaciones que se pueden tener en este sitio.

Pasamos dos retenes. Y ya el convoy está un cuarto más liviano que a su partida y nosotros más pobres en recursos y en voluntad y más ricos en desesperanza.

Ahmed Mbede sigue pisando cuerpos. Con eso se asegura que nosotros, que llevamos las armas, nos mantengamos asqueadamente alertas, porque las emboscadas surgen desde el polvo, desde la transparencia, desde los resplandores, como una jubilosa lluvia de granadas que estallan.

Salir con suministros para la zona centro es ya una empresa que raya lo imposible.

Llegar es un milagro, que el Allah de Ahmed concede pocas veces y otros dioses, ninguna.

No hay nada más que restos en la trocha por la que el truck avanza, trastornado, y lejos de nosotros, truena otra emboscada traidora. Nos despierta, transidos, el estruendo.


Lejos se ven las llamas de la explosión y el humo.

Ahmed Mbede volantea sin dubitar. Tuerce rápidamente el rumbo de la vida y huímos por la estepa, como un gusano de lona, hacia quién sabe donde estar a salvo.

Huímos, solamente, como otros animales perseguidos.

Huímos. Y no hay dónde.

( julio-septiembre, 2011)
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