Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

sábado

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XI)

Gente como uno


Sí, un hijo de puta en toda regla, que cuando habla, suena mucho más soberbio de lo que en realidad es.

Pero claro, a un tipo que nació con una historia tan paradójica y anormal, no se le puede pedir que sea normal como los demás, cuando apenas puede ser normal a su manera.

La gente de historias normales no entiende la normalidad de otras historias que no se parecen a las suyas.

Tenía dos años y pico cuando lo abandonó su madre.

Era de noche cuando ella se fugó.

Lo encerró en el cuarto, en la oscuridad y le ató un pie a la pata de la cama,quizás por precaución, para que no la siguiera o algo así, como una forma de tenerlo a salvo o vaya a saber qué. Así que él intentó seguirla y se cayó. Se rompió la boca contra el filo de un mosaico suelto, en esa pieza oscura. Guarda el recuerdo del golpe, del gusto ese de sangre estrenada en los labios y de que lloró en la oscuridad.

Lo rescató una vecina, como un día después, cansada de escucharlo berrear.

Llamó a su abuela y tuvieron que saltar la tapia que separaba ambas casas.

Nadie encontró a su padre porque seguro andaba por ahí, escondiéndose con su militancia comunista a cuestas, en algún escondrijo de quién sabe.

El marido de la vecina saltó la tapia, también harto de que el chico de al lado no lo dejara dormir ni en toda la noche ni en toda la siesta, con aquellos berridos de cordero atado a la pata de la cama de sus padres, encerrado ahí, en esa habitación, gritando maaaaaa, maaaaa...

Le contó su abuela que él estaba ahí en el suelo, dormido y chupándose el dedo, meado y cagado, igual que un perrito. Frase elocuente de la abuela. Atado, meado, igual que un perrito.

La vecina, también le contó su abuela, que le dijo aquello de “Uno no sabe si meterse, porque cada casa es un mundo, pero hay que ver como le pegaba tu nuera al chiquito, Cata. Pero yo no sabía si decírtelo. Una no sabe si se tiene que meter en como una madre educa a su hijo”.

No recuerda que su padre lo haya acariciado, pero sabe que lo educó bien el poco tiempo en que vivieron juntos. Le dijo que si quería ser un buen hombre, fuera siempre honesto. Una visión muy sencilla de una verdad enorme.

Para que no fuera bruto como él “que tenía apenas sexto grado”, repetía las pocas veces en que se veían, le inculcó a cintazos la contracción al estudio, sin advertir que él ya tenía una pasión desaforada por los conocimientos y que era capaz de leer hasta los envoltorios de papel higiénico, debido a su desmesurado afán lector. Ahora que lo piensa, los libros y todo lo que estuviera escrito, eran otro planeta. El se mudaba ahí.

Su abuela era una mujer serena y triste, amante de la ópera y de misa diaria a la que lo arrastraba (circuncidado o no le daba igual) aspirando, supuestamente, a que en vez de escritor como pretendía la ingente vocación del nieto, lo hiciera Papa la suya por el catolicismo. Así él aprendió todos los rezos que se pueden rezar de rodillas, como lo hacía rezar su abuela.

A su padre lo mataron por ser un tipo incómodo como delegado obrero.

La abuela murió enseguida atrás de él, porque la vida ya la había gastado mucho y se le habían terminado las ganas de ser fuerte.

Nunca entendió por qué lo mandaron a vivir con su madre, las Autoridades del Menor. A veces uno está mucho mejor solo que mal acompañado, así que él estorbaba a su madre en todos lados y ella le hacía sentir siempre que era una “visita non grata” en esa casa que compartía con algunos machos de turno de los que se aburría tanto como de los hijos que tenía con ellos.

Como era el mayor de aquellos cuatro hermanos de cuatro padres distintos, en la cosmogonía de su madre y sus molestias, era el mayor de los estorbos el que tenía que volver no estorbosos a los estorbos más chiquitos, así que cuando empezó a vivir con ella, que, gracias al genio del que estaba dotado, fue poco tiempo, en vez de ir a la escuela, crió hermanitos que no molestaran. De ese modo, evitaban todos malos ratos y tratos.

Una vez le dijo a su madre que él quería volver a la escuela y que ella era una bruja que los maltrataba.
Ella, ofendida, le pegó con una sartén en la cara y le voló la mitad en chanfle de un incisivo de los permanentes. Así se quedó para la posteridad. Él lo dejó así, roto en el medio de la sonrisa, como esos recuerdos en los que uno se obstina y que sabe que no sirven para nada, pero los guarda porque los guarda.

Arreglarse un diente partido no cuesta nada, pero él no quiere.

Las relaciones con su madre empeoraron mucho con el último de los machos que trajo a la casa.

Ella estaba perdidamente enamorada, hasta el punto de negarse a ver que era un psicópata. Él había aprendido el término en un libro y estaba convencido, cada vez que el tipo manoseaba a sus dos hermanas, que era un psicópata hecho y derecho.

Un día violó a la mayor.

Él era muy chico todavía y se calló a pesar de que ella lloró mucho abrazándolo. No supo bien qué hacer.

Cuando el macho de su madre quiso insistir con la más chiquita varios días después y que lloraba mucho más que la otra, porque justamente era muy chiquita, el tipo le pegó con tan mala suerte que la hermanita cayó al suelo y se golpeó contra la cama.

Ahí, él supo que hacer. Agarró la pistola de aquel hombre y lo mató.

Cuando fue a consolar a su hermanita y decirle que no tuviera miedo, que el hijo de puta no la iba a lastimar, no pudo. La hermanita también estaba muerta.

- Ya ven. Desde chiquito me gustaron las armas y desde chiquito sé para qué sirven-  terminó el comandante el relato, mientras alguien echaba otro leño a la fogata de la guitarreada.

 (De: Psicoámbitos)


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