Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

jueves

Contrafrente




El dolor de las costillas regresó como las otras cosas. Fue por el brote. La tos continua, la dificultad cada vez más notoria para acompasar la respiración y por fin los hilos se sangre son la presentación de credenciales. Regresó el virus. La muerte, otra vez, reabrió su sede diplomática y sentó en un lugar de privilegio a su mejor embajador. 

Las costillas no terminaron de soldarse. Seguramente la tos remeció el callo óseo y por eso, como el virus, regresó a mí el dolor.

El lugar donde estamos es insalubre y ayuda poco y nada a que cualquiera de nosotros se sienta mejor. Ni los jóvenes ni los viejos nos sentimos moderadamente a gusto. El espacio es estrecho, calenturiento, falto de ventilación, arenoso. Superponemos en él nuestros diversos humores. No somos muchos, pero en la pequeñez, sobramos.

La tensión también ocupa espacio. A veces ocupa todo el espacio que tenemos y nos empuja hacia la pestilencia.

Mis ojos siguen un polvoriento rayo de sol que atraviesa las celosías entornadas. Es una flecha que tiembla, estática y fija, clavada en un pequeño charco de luz sobre un papel. Me distraigo en su pulsátil estructura como en un puente inmaterial. Uno, a través de él, mi pensamiento con la calleja de ruido apaciguado. A esta hora, aquí, el sol maldice al hombre. Nos ocultamos de él, como alimañas.

La cortina embolsa un hálito de aire que el ventilador bate. Es un tufo imposible de quitar. Lo llevamos adherido, como presos de un estigma fétido. Impregna las mucosas, aún al aire libre. Es una enfermedad que contrajimos entre el encierro, la miseria y la ansiedad, un olor carcelario y carcelero.

Este primer piso que ocupamos no difiere en demasía del resto del tugurio. Cruje malignamente. Todas las voces se escuchan, todos los ruidos hacen mucho ruido. Todas las alertas despiertan más alertas.

Por mi espalda el sudor forma una bahía oscura adherida a la camiseta. La siento como un vaho húmedo que corre hacia abajo, siguiendo la forma de la silla en la que me reclino por momentos mientras busco pensar. También tengo mojados los vellos del pecho. Los veo pegoteados a través de la abertura del escote V en la imagen que un espejo de mal azogado me devuelve. En realidad, estoy todo mojado. Mojado y maloliente como un perro que retozó en un charco.

Los jóvenes y los viejos hemos perdido las pequeñas costumbres. Ya no nos afeitamos y mantenemos una especie de desaliño natural en el cabello que el polvo y el sudor empastan.
Este es uno de los pocos momentos en que la madriguera es toda mía. Estoy solo, conmigo y sin ellos. Solo con lo que soy, con lo que veo, con lo que huelo, con lo que pienso. Solo, como un viejo animal, aún no del todo miserable, que conoce los caminos al agua y por eso todavía las jaurías recurren a él. 

No me veo los ojos en el espejo sino como algo que se evita mirar. Un monstruo bendecido por la eficiencia de la niebla que lo protege y mima como a su hijo dilecto. Su feroz y bastardo hijo dilecto, al que nunca reconocerá pero igual ama.

Me llevo agua a los labios. Está tibia. Cae despacio por mi garganta como gotas de barro que me producen náuseas. Como el virus. 

Arrastro la pistola por mi frente. El frío del metal despeja esa sensación opresiva que acampa en mitad de mi entrecejo. Su maligna frescura es toda alivio.
 
Cierro los ojos y me dejo estar.

(De: Sensación de "moebius")
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