Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

lunes

Sursum corda






Todo allí adentro parece neblinoso y volátil, hecho con polvo. La sensación llueve desde las pocas luces y dibuja, como un rastro de harina pajiza, las siluetas de sombra.

Es un mortecino lugar pequeño, estrecho, impregnado de un olor apiñado que satura la respiración hasta pegar a ella la sensación asfíctica.

Aún es temprano y en ciertos lugares, cuando aún es temprano, la soledad se ensaña con los pocos que están.

—Hola, papi… ¿Solito?

Solito, sí, solito y hasta papi podría ser de esa mujer rotunda de piel rosada y cabello pulposo y renegrido, que se ha acodado en la barra junto a ese hombre solito y hasta papi, que hace girar el vaso entre las manos.

La mujer es joven. Tiene un toque gallardo en su belleza tatuada con cosméticos y mantiene en los labios la sonrisa de afabilidad indiferente con la que los clientes se emocionan y pagan su copa de champagne.

Él la mira con curiosidad sin displicencia. 

Mira sus ojos, sordos de mares negros, como si encontrara tormentas de alto oleaje que hunden navegantes aturdidos de añoranza y alcohol. Porque los que van solos a esos lugares, se parecen a huérfanos. Las mujeres saben eso bien.

—¿Me pagás una copa, lindo?

Él le hace un gesto al barman para que sirva la copa que la mujer a su lado le ha pedido.
Ella se acomoda mejor en la banqueta alta junto al hombre solito, sí, solito. Se acomoda como una oferta que debe lucir bien en el escaparate y cruza las piernas soberanas, anudando los muslos yeguarizos que emergen de un anca cuasi renacentista.

Beben los dos en un silencio que ella no consigue quebrar con su belleza de muñeca sucia ni con su voz aguada y melancólica.

—¿Tenés nombre? 

Él, que no la mira y mira la luz en los espejos de la espalda de barra, lo murmura. Apenas lo murmura, como si en realidad no lo dijera.

Ella lo escucha y hace un gesto de asombro.

—¿León? —repite, en una voz tan baja como la que usó él— Es un nombre muy raro.

—Es un nombre como todos los nombres.

—Sí. Conozco otro León. —replica ella, explicando su asombro— Ahora ya tengo dos Leones en mi vida.

Él no la toca. No le atraviesa el cuerpo con el ansia. No la roza con la torpeza inculta de un cachorro que busca la adopción de una hembra buena. La mira, solamente, con una desolación que es casi un grito.

—Papito, estás muy triste… —concluye ella, al cabo de esas miradas que intercambian no de frente, sino a través del espejo, sorteando las botellas, al barman y el copero.
 
—¿Y vos?

A veces, a ella le tocan esos tipos difíciles que se sientan a sufrir en la barra de ese bar de copas y se dejan acompañar pacíficamente, como ancianos que han perdido el habla y se entretienen mirando los bullicios ajenos que ocurren al otro lado de sí mismos.

—¿Qué te pasa, bombón?¿Me querés contar?

Esos, que se sientan así y que llegan sin compañía y que se van sin compañía aunque decidan llevarla a ella al “mueble” de la esquina, le producen seguridad y le despiertan su lado sereno. La mayoría de las veces, todo queda así, junto a esa barra, manos más, manos menos.

Este que ella mira de perfil mirándola de frente en el espejo, ni siquiera tiene manos ya que las mantiene ocupadas en marear el vaso de whisky nacional, que gira y gira como un carrusel de vidrios helados y amarillos.

—¿Cómo viniste a parar acá?

Ahora, él ha vuelto sus ojos hacia ella y la contempla con dolor y calma. 

La mujer piensa que ese hombre no sabe de qué hablar y por eso quiere que hable ella. Trasladarle su náusea y que ella hable de la suya para no estar tan solo y a solas con la congoja.

—Cosas de la vida.

—¿Te gusta este trabajo? ¿Ganás bien?

—Vivo. 

Él pide otra copa para ella y a pesar de no haber vaciado su medida de whisky, también le indica al barman que sirva nuevamente.

Están un rato así y aunque él no habla, consume y gasta en ella más que cualquier otro de esos que toquetean todo el tiempo exigiendo la reciprocidad de la moneda que abandonan.

—¿No se te ocurrió buscar otro laburo? —quiere saber él— ¿No te deja tu cafisho o no se te dio a vos?

—¿Qué te pasa, flaco?¿Te ponés la gorra? —se alarma ella, porque los clientes no hacen esas preguntas y pensándolo bien, los policías tampoco porque todos saben muy bien cómo es la cosa.

—No. Solamente quiero saber cómo llegaste acá.

—Porque hay tipos como vos que vienen a buscar minas como yo y otros hacen el negocio con eso. Estás grandecito… no me digas que sos cura y recién salís del Seminario.

—¿Cómo era el otro León de tu vida?

—Era bueno.

Ella se afloja con lentitud y bebe. 

Él le pide otra copa y ella bebe. Pide una botella de champagne y los dos beben pero él, todavía, no la toca. Sus manos no se meten con la piel, como si en realidad tuvieran miedo.

—No todas las vidas salen bien, bombón. —murmura ella y su mano izquierda recorre el brazo de él, con una caricia persistente. Le rasca el antebrazo con las uñas, como una gata amasa una cobija para volverla confortable.
 
—¿Y qué pasó con León?

—No era mi novio, si eso estás preguntando. Ni mi marido ni nada de eso. Me acuerdo solamente de que era bueno. Era un chico bueno, así, calladito como vos. Pobre León ¡Era tan bueno que parecía tonto! Pero no creas que era tonto. Era bueno, solamente.

—¿Y qué pasó con el bueno de León? —insiste él.

—No sé. No sé qué pasó con León. Un día se lo llevó la policía y nunca más hablamos de él.

La mujer advierte que hablan de ella y no del hombre que suavemente la interroga. Siempre es al revés. Ellos beben y hablan de todos sus fracasos. Buscan consuelo, amparo, una mamá oculta en el cuerpo de cualquier mujer.

Para la hora de irse, él ha gastado mucho y ambos han bebido hasta el punto de quiebre.
Salen así del bar, aún sin rozarse y ella piensa que van camino al mueble, así que abraza al hombre con la soltura con la que se abrazan dos ebrios compañeros de copas.

Oscar está en la puerta, en el lugar de siempre, donde siempre la espera para llevarse “el cambio”, como le dice él a lo que ella recibe.

Sin embargo, en vez de hacerse el disimulado y dejar que el cliente termine la rutina, se adelanta, frenético, gritando.

—¿Qué hacés acá? ¿Qué hacés acá, León? ¿Qué hacés acá? —vocifera, amenazante.

La mujer piensa que se encuentra envuelta en un problema entre cafishos y se aparta cuando León la suelta para sujetar a Oscar con ambas manos, por las solapas de la campera y sacudirlo, lo mismo que a una bolsa.

Le da una paliza frente a todos pero nadie interviene. Ni siquiera interviene la mujer.

León termina diciendo: “Es tu hermana, hijo de puta ¿Cómo le hacés algo así a tu hermana? Te debería matar como maté al cafisho de la vieja, hijo de puta.

Cuando la policía llega, ya no hay nadie. Algún diente en el piso, solamente.

En el bar de la estación de servicio, la mujer y León beben café.

—No te reconocí. Estás tan cambiado. —dice la mujer que todavía solloza.
 
—Sos igual a mamá. —le dice él.


(De: Hijos de tierras áridas) 


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