Búsquense su voz, no usen la mía

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Presentación del hombre

Me matará el ir de frente y decidido
y esta inútil fuerza de macho convencido. (De madrugada - Patxi Andión)
Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Parafraseando a Serrat

Parafraseando a Serrat :

"La verdad no es prepotente. Lo que no tiene es remedio".

LAS RELACIONES INSOLENTES Y OTRAS AMABILIDADES

Porque no espero
Porque no espero retornar
Deseoso del don de éste y de la visión de aquél
ya no me esfuerzo más por esforzarme por cosas semejantes
(¿Por qué debiera desplegar las alas el águila ya vieja?)
¿Por qué debiera lamentarme yo 
por el poder perdido del reino acostumbrado?

                                                                                                Miércoles de ceniza (T.S. Eliot)







                                                                                                                                             

Decodificación

“Todo lo absurdo es pálido. Parece que rutila, pero su propia absurdidad acaba por palidecer todos los brillos”.

—Oscurecer, será. —insiste Benedict que se aferra a las ideas como un pulpo que no quiere morir.

Digo que sí. Cansado y maléfico, como un conjuro que ya gastaron multitud de magos. “Sí, sí”. Sólo le doy el gusto. Sólo le doy el gusto.

A veces trato de levantarle el ánimo pero la imbecilidad lo desordena. A los dos, para ser franco, nos desordena su imbecilidad. 

Yo trato de no odiar cuando él ejerce. Hago un voto de parecerme a él que jamás consigo llevar a cabo más allá de la intención de hacerlo. Odio y desprecio igual y por lo tanto, me mantengo en esa pose de odiador sereno e irrebatible: “siéntate a la puerta de tu casa…”, tan sabia, tan china, tan budista.
Sólo siéntate a la puerta de tu casa… 

Sentado allí, me olvido de mis odios. Cuando los veo pasar frente a mi puerta ya no sé quiénes son. No los recuerdo.

No los recuerdo, como tampoco se me fijan los consejos burdos e innecesarios, esos que no pedí y que el odio de los que me odian me ofrece como una admonición a dedo alzado.
Conmigo, solamente pueden hablar aquellos que yo decido que hablen. No los que quieren, no los que se arrogan derechos que no tienen, no. Nadie de ellos. Sólo se acerca a mí quien yo decido hasta que yo decido que se aleje porque llegó la hora de cerrarle la puerta a la saturación que su presencia me produce.

Luego llegan mensajes en botellas que encallan en mi escollera hostil. Quedan allí, pudriéndose, porque es lo que merecen. Pudrirse hasta regresar a lo ilegible de su origen.
He perdido la pena. Ya pocas carencias me dan pena. La he perdido y lo sé. Me he vuelto impío para con lo que odio. Antes lo perdonaba, alguna que otra vez. Ahora, ya ni Benedict me contradice esos decretos que a los dos nos salvan.

“No rescates arañas ni acaricies víboras”.

Ni las arañas son seres gorditos de ojos vívamente lánguidos ni las víboras son bichos domésticos.

—Que el mundo se encargue de proveerles pan —le digo a Benedict— Hay que dejar que se alimenten como saben y vivan y mueran en su ley. Con aprender que son venenosas, basta y sobra. Ahora, si la víbora viene a aconsejarte enroscada en el tronco del árbol de la sabiduría, no te creas que cree que sos tonto. Si enroscada en el árbol sigue intentando torcer tu circunstancia, tenés que empezar a pensar que es una víbora aunque se haya disfrazado otrora de paloma porque en tus manos había esos buenos granos que su hambre precisaba, desesperadamente, para sobrevivir. Las víboras, Benedict, no se domestican. Son todavía peores que los cuervos que según el dicho, los criás y te sacan los ojos. Las víboras te emponzoñan el corazón. Es mucho mejor estar ciego que lleno hasta los ojos de veneno. 

Aunque tanto veneno corroyendo la entraña, también es una forma de la peor de las cegueras. Si lo sabrán las víboras…pienso y me repito: Si lo sabrá la víbora.

Eso no se lo digo a Benedict. Lo guardo para mí. 

Soy yo y sólo yo el que sabe lidiar con la ponzoña, lo mismo que Riki-Tiki-Tawi.*

*El libro de las tierras vírgenes - Rudyard Kipling.





 Distorsivo
“Hay en tu grito una insignia de Dios. Quizás repaso el miedo mientras miro tus ojos que me temen porque irrealmente no te temo. Yo no temo. Ni te temo ni temo. Yo-no-temo. Los libros sagrados están escritos sólo con desastres hebreos. Todos los desastres de los libros sagrados son hebreos. Y aquí nos vemos en este Armagedón del cara a cara. El mal miedo nos ha dejado atónitos, mórbidos, quizás estupefactos el uno frente al otro y aquí estamos, hechos todo de odio y sin temor de Dios porque el odio no teme. Es sólo un sentimiento obnubilado por su propia feroz voracidad”.

—No le dispares, Aivan… No dispares.


Apenas oigo a Benedict porque disparo igual.

Él todavía no entiende que el que no mata, muere.

Así funciona el mundo por aquí.
 





Tratado de patología.


Una patética, pequeña y melodramática inconclusa vocifera maldades con su vejado y sobrevalorado culo apoyado en la pila de mierda que intenta delegar en alguien más. No se mueve de ahí, como dando a entender que es parte de la misma composición fétida y agusanada que decide heredarle a esa candidata que su belleza odia no porque sea bella, sino porque es mejor.


Es una triste y minúscula galli-ni-ta-n-oscura ni tan blanca, que intenta ser una putita menos triste y más inteligente, aunque  berrea como una caprichosita no falta de teta sino excedida en falo y por lo tanto, fálica, mamándose a sí misma las tetas depauperadas y también vejadas por el exceso de manoseo, inconducente en la empresa de satisfacerse la necesidad en la que se habita a sí misma, siempre insatisfecha, aunque lo niegue para no resignar su rídiculo papel de superada más allá de todo bien y todo mal.


Doblada sobre su propia, incalculable e insalubre ira, succiona su conchita impotente de orgasmos por amor, como haciendo de puta madama lésbica, para conseguir un orgasmo de odio que le alivie la desgracia de tener el instinto vacío, improductivo, inválido, como queda el instinto de la hembra tras de una prostitución...o dos, o tres. O muchas, en resumen.


Berrea grotescamente con los tonos monótonos en que la garganta gruñona y atiplada le permite esa voz mediocre y mal cocida (carente de punto, diría) mientras ruega por un orgasmo noble, como esos orgasmos que tienen otras hembras con más suerte. Paga por un aplauso que nadie le da o que le dan los que aplauden a todos porque nacieron claqueros sin criterio (para el caso es lo mismo). Entonces, se regocija en su mala oscuridad, como una anónima turgente que no diferencia el desprecio de la depreciación. Una anónima snob con una lacunosa personalidad femenina de contornos difusos que se piensa varón para sentir alguna cosa más que no dependa de su desordenada invalidez.


Voz despechada, insustancial, burda, olvidable, anárquica como un hervidero de gusanos de mosca que larvan en la propia herida, impotente como un amputado que debe subir una montaña llevando su silla de ruedas a la espalda, se vuelve autorreferencial desde la minusvalía de su universo apócrifo, imaginando que los ojos que la observan, grotesca en su absoluta simplicidad, admiran su condición escatológica para vituperar al incólume objeto de sus pequeñas y perniciosas envidias femeninas.


(Acá debo decir: En mi experiencia, las minas son así y siempre es mejor tenerlas lejos, excepto honrosas excepciones en que ésta de la que hablo no revista).


Más digna de piedad que de respeto, levanta su dividida lengua salivosa tratando de envenenar algo que está demasiado lejos de la esfera de su comprensión. Salpica y salpica ese revoleo desesperado de su babaza solitaria porque no tiene éxito, porque no tiene más que lo que tiene: una voz irrisoria, piorreica, que a pocos interesa, dada su inconsistencia irracional.

Ridícula, como todo el que grita sin argumentos válidos y necesita la atención del otro, no es más que una marioneta carenciada, una pobre y carenciada muñequita rota, arrojada en el medio de un basural y olisqueada por todo perro que le chupa las lágrimas (y la concha de paso) e intenta, desesperadamente, volver a calzarle los zapatos de corte Guillermina como si fuera todo un paladín cuando ni siquiera puede llamar a las cosas por su nombre, como tanto cobarde que anda suelto y se caga en los fondillos de los pantalones si se lo enfrenta y exige la verdad. A esos tipos, las “garras” les sirven para mierda.

No crean. A pesar de mi consetudinaria hijaputez, los seres deplorables me dan pena. Soy capaz de sentir pena también. En estos casos, mucho más que en otros. Estas desdentadas lobas mancilladas y tristes me dan pena porque son penosamente desconsoladas y luctuosas y se apoyan en vacíos esperpentos que son todavía más femeninos (con la pija incluída) que la loba que los llama y los contrata para hacerle de pene sustituto.

No consigo sobornar la intensa lástima que me provoca leer lo que les provoca una hembra mejor por victoriosa.







Cuerveando sapos

“Este trabajo tiene un solo y fundamental artilugio al que se acoplan luego los demás. Un eje como un tallo del que se desprenderá el resto del bagaje. El artilugio es sumamente simple y por eso los escritores somos magníficos para ejercer solvencia en este tipo de encomiendas.


Ya lo demostraron unos cuantos que hicieron esto mismo antes que yo y luego proyectaron en sus libros lo vivido. Sus biógrafos son quienes han descubierto qué hacían en realidad, qué cosa había detrás de lo que se contaba y que no pertenecía al abstracto plano de la imaginación. Esos personajes quedaban adheridos a la fenomenología de la profesión y luego, en el papel, eran, por fin, lo que siempre habían sido: personajes”.

—Aquí dale la razón a Pessoa, Aivan —acota Benedict porque mis razones no le sirven demasiado y siempre le gustan las ajenas.

“Lo que más me divierte es cuando alguien comienza a analizar al personaje que uno ha decidido ejercer y no advierte que ese sesudo estudio psicológico que intenta plasmar como si estuviera directamente conectado con el Oráculo de Delfos, es solamente una construcción a la que lo redirige “otra” construcción.


Esas aseveraciones me provocan risa porque es como si alguien escribiera dogmas de fe sobre algo que en realidad no existe mas que en la construcción del hoy y aquí para ese que tengo enfrente. 


Para permear hay que saber construir el rol que permeará. Adivinar las debilidades del contrario y ofrecerles el abono que creará la comunión entre el ente real y el ente que fabricamos como señuelo para ese ente real. 


Los escritores somos buenos porque nuestro fuerte radica en que la ficción se haga real y por lo tanto, construimos una realidad absolutamente ficcionada que echamos sobre la mesa para alimento de nuestros objetivos.


Cuando el que tenemos frente a nosotros como “objetivo” comienza con el ensayo de acople psicológico (porque tú eres así y asá; deberías pensar tal cosa; te pareces a mí en aquello y en esto; le tienes miedo a tal cuestión de tu interior; porque… los que son como nosotros, como tú y como yo) y algunas otras aseveraciones de rango y tenor similar, sucede que hemos llegado a la meta. Hemos construido esa ficción minuciosa que ahora el otro devora y expone como “la desnuda verdad de lo que somos” mientras se arroga conocernos casi más de lo que nosotros mismo podríamos hacerlo nunca. 


En esa posición, nuestro objetivo (aquí debería ya llamarle “presa”) se siente en la privilegiada posición de vidente supremo, capaz de aconsejarnos y explicarnos qué hacer con nuestra miserable y amarga vida humana; cómo lidiar con nuestros agujeros emocionales llenos de carencias y terrores que no aceptamos combatir; cómo abrir las compuertas de nuestra represiva condición de desconsuelo para dejar fluir nuestra saneada esencia que la aflicción ha enturbiado.


Tan abocado está a pensar que nos ha llevado a su huerto, que esa arbitral ceguera le impide vislumbrar en nuestros ojos al monstruo verdadero, ese que con paciencia de profesional hemos confeccionado para un juego en el que nuestro objetivo ha caído (preso)  y del que se siente el mejor jugador porque… eso es lo que nosotros, logramos que creyera”. 

Giro los ojos y Benedict apenas si sonríe. Sé que hay cosas que hubiera querido —con toda su pasión— escribir él.

—Hay mucha gente dando vueltas e inventando cuentitos sobre ti —dice, porque él sí conoce el destello detrás de los ojos del monstruo.

—No. La gente solamente repite el cuento que sobre ti, yo he inventado para ellos.—corrijo.



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