La palabra a(r)mada - 5ª

Hay algunas personas que piensan que la poesía debe ser necesariamente un elogio de la belleza y que para su constitución, el autor debe apartarse de todo lo que no sea una exaltación lírica como finalidad en sí misma. O sea, la finalidad de la poesía, sería solamente un alarde de lo funcionalmente bello y una filosofía de la recreación, sin otra aspiración que producir un estímulo estético en el lector o sea un placer en cierto modo efímero, como las cosas bellas que solamente son bellas sin algún otro encuadre.

La poesía, centrada en esa finalidad pura y exclusiva, me parece una pérdida del tiempo mío y ajeno.

Creo que el autor en cualquier género literario tiene que participar del grupo de los testigos y dar testimonio de su época contándola como su época es, ya sea porque la retrate objetiva o subjetivamente hablando de ella o de sí.

Yo no creo en el disfraz de los mensajes ni en la sonrisa o la mueca detrás del abanico. Inclusive dentro de lo ficcional, creo en los testimonios accesibles.

Dije Buko por la demonización que ciertos artístas de los cisnes hacen de él, como podrían hacerlo también de los cercanos al malditismo francés, aunque todas esas cosas son rótulos y nada más.

No creo en las fábricas de belleza.
No creo en los discursos sin cimiento o con anclas en el aire.
No creo en decir las cosas haciendo un culto de su ocultismo.
O sea, no creo en no decir ni en la escondida de un autor tras un manto de niebla que no defina jamás su intención poética.
No creo en un autor que no sabe - aunque sea una vez - contarse con la sangre para hacerse creíble.

Solamente me gusta la poesía en la que puedo creer.

Chocolate bombón