Asmodianas


Asmodeo dixit

Esta garganta agreste de estopa y remolino, que se monta en la sien de las palabras y no consigue ni explicarse un poco, me acobarda de más frente al espejo.

Llévense los pañuelos y las velas, los responsos azules, el celibato, la buena educación que forja próceres, el edén del amor, sus desniveles y la lengua pegada a hielo seco, ya después de amputada.

No le sirven consejos a mi tumba ni cantos dionisiacos, ni repasar cien veces lo que le debo a la erotología.

Trabajo en un vaivén en que no existe el vidrio biselado, pero si existe el culo de una botella rota clavado en la garganta.
Algo debe impedir mis alfabetos o mi alefato histérico, que baila zulu encima del papel del yo no fui, no estaba, no pasaba, soy idiota ¿que le vamos a hacer si soy idiota?

La ingenuidad, dice El Libro, es un pecado, como aquellos en los que me regocijo, ya a sabiendas.

*


Larga piel de agonía. Subluxación del alma que no se amolda al hueco en que le sobra espacio porque es poca y se retuerce, tratando de agrandarse hacia la vastedad de estar sin nadie.

¿Quién entiende de luz en estas sombras en la que el grito es una flecha opaca y mata ciervos de tela y de peluche?

Sólo ambulan dragones de Komodo en la parafernalia de esta boca con más dientes que aquellos de lo humano y una lengua infecciosa como un antro de prostituir ángeles de vidrio.

Igual estoy en paz desde el retorno.
Toda sombra es aquello de lo impune.

*


Hasta que norte llegará el reclamo y hasta que sur tendré que hacer silencio, como si yo jamás fuera importante en tu tablero raro de piecitas en orden decreciente.

Hoy leí tantas cosas que estoy mudo.

Se hicieron emigrantes mis palabras y apenas queda suelo en que poner la piel de mis zapatos.
Y en el mar de las dudas pesco perlas de cal, perlas de arena y perlas que palpitan, cazadoras, pero infructuosamente.

En esta rota red, todo es memoria y dádiva y todo es pleitesía al rey de los adioses que no tienen remedio.
¿Y qué hago yo en tu templo, deshonrándote?

Y que hago yo en tu templo y de rodillas, como un sacerdote que maldice al dios que lo alimenta y se lleva la ofrenda a sus estancias, para comerla a solas.

Tan sin y tan ajeno que me espanto de haber dejado de ser en quien confiabas.
El culto del amor me dejó solo.

(De: Poiesis)
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