La palabra a(r)mada 12ª

Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tus enemigos.
Ya ha pasado buen tiempo de las guerras y se han acabado los insultos.
Ahora camino a pie entre los fenecidos en los bandos contrarios y los miro con mis ojos de cuervo, diplomáticamente. Todos están allí, secos y efímeros. Todos están allí, regurgitados por su hiel enferma luego de implosionar, solos, demacrados, constantes como un muerto embalsamado.
Vuelvo a leer sus odios y sus miedos. Vuelvo a leerlos en calidad de vencedor, no ya de intruso. Repaso sus criterios de iracundia, sus palabras furiosas, su ínfimo desprecio que en un momento me pareció inconmensurable.
Los miro, sin piedad. Sólo los miro, muertos. Son mis muertos, al fin. Mis enemigos. Así es la guerra y así son sus daños. Son muertos contra los que no disparé.
Me dispararon. Pero no respondí.
Me dispararon buscando destruir el firme cementerio de mi mundo, pero no respondí. Una y otra y otra y otra vez más, recargaron las armas disparando hasta ver que era inútil.
No morí y tampoco disparé. Ellos no me importaban.
Entonces, murieron de silencio.
(De: Back to black)
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