Sangre dulce

Llegó despacio al mostrador como si no llegara, porque todavía se sentía valiente.
Pudo apoyar el codo, decir “buenas” y sonreír torcido.
El bolichero lo conocía bien. No dijo nada.
Si uno “a pesar de” aún hace pinta, hay que ser respetuoso y lo mejor del respeto es el silencio. Entonces, el bolichero lo miró acodarse ahí, en su lugar de siempre. Y cuando fue a servir, lo vio desarticularse como un muñeco de retablo sin piolines. Como una marioneta mal armada.
Y se cayó nomás, llevándose en el entretiempo la botella que el bolichero le tenía reservada.
La Legui se estrelló frente a sus ojos y se mezcló con sangre. Mierda...que desperdicio la caña sobre el suelo, pensó, mientras boqueaba.
Se hizo una especie de cóctel de vampiros, de vidrio, caña Legui y mucha sangre.
Hubo corridas varias. Siempre hay.
Lo llevaron atrás y lo curaron con Licor Mariposa, a él, justo a él, que si cedía al placer de un licorcito, era justo al de la Legui y nada más. Como a los burros. Pocos placeres buenos tenía el hombre.
Pero no le dijeron la verdad. Cuando preguntó, le contestaron “con Legui te curamos hasta que llegó el médico”.
El bolichero creía en los espíritus y sabía que entre el tipo y la caña, había un amorío.
Y qué, habiendo amor, todo se cura.

(De: Cuentos para mis muchachos- קיבוץ מאוחד - 2002 - edición bilingüe)
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