De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma I)

Sin llegar totalmente, todavía
_Me duele demasiado la alegría_
soy péndulo que oscilo
de cicatriz en cicatriz, y acecho.
Quién sabe si en la horma de tu pecho
reposaré tranquilo.
(Paso sin estar - Pastor Aguiar)


Siempre supe que no debí hacerlo.

Ahora estoy más calmo y pienso en eso como en una misión para un suicida.

Yo me llevo muy mal con mi propia pistola dirigida a mi sien, así que la guardé donde no la alcanzara con los ojos – ni con la tentación - (por aquello de que el ansia de matar no es algo bueno cuando se emprende una misión humanitaria) y me fui desarmado a hacer mi parte.

Lo hice según yo sé hacer las cosas. O sea, la hice mal, porque ese tipo de cosas no sé hacerlas desde la forma fácil. Más sencillo es matar que hacer de bueno.

Hablamos un rato en que llegaron pájaros a comer de las migas.

Me pude expresar bien o tal cual soy, inclusive sabiendo que las misiones de encubierto no me gustan, así que lo hice como yo, a mi modo y hablé de mí como si fuera yo intentando que mi interlocutor se diera cuenta.

Se enamoró enseguida de mis formas. Lo sentí en sus respuestas y me dije “qué bien lo estoy haciendo, puta madre, quizás haya buen puerto y hasta flores y me pueda curar de este desgaste de piel y de asesino”.

Pero no sucedió.

Le dejé cartas en las que yo me hablaba, para que me entendiera y entendiera, pero las borró con una goma grande o con el codo de la misma mano con que escribió las suyas respondiendo a aquellas que borró.

Fuimos amigos sólo por las dudas, como irreconciliables enemigos que aún no se conocen.

Ella se fue dejando la puerta semiabierta

Yo cerré de un portazo y tapié las ventanas, clausurando mis ganas de seguirla.
Publicar un comentario

Chocolate bombón