La palabra a(r)mada) 14ª

Me duelen tanto las manos, que para la próxima voy a dejar que alguien que no sea yo haga este trabajo.
Es bueno tener boludos que piensen que matar es un deber.

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¿De qué se queja ella?
Se queja de soledad. La unicidad es el hecho más difícil del hombre, a partir de que algún dios sin nombre lo hizo un ser social, igual que a los lobos y a los loros.

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Tengo las manos tan rotas que derretí grasa en uno de esos fuegos de yesca y pedernal y me las lubriqué.
Grasa de un bicho de monte, grasa al fin.
Ahora, además de todo, hiedo. O ya hedía antes a carne cruda y rota y la grasa, como el desodorante, cambia la percepción de lo que igual sucede.

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Hay estrellas muy grandes en este cielo desde que la señal que brilla en el mapa del blog, es un desaforado grito verde en el silencio.
Yo pensé siempre que sabía gritar para adentro.
Menos mal que no me escucha nadie y que hay putas tranquilas a cuarenta kilómetros, bajo este mismo cielo que ya debe estar harto de tragedias.

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El teniente médico me acaba de decir: "No coronel. El cielo es una inconmesurable indiferencia. Lo leí en uno de sus libros".

(De: Psicoámbitos)
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