After s(h)ave

Hoy me afeité los restos de la guerra, esa barba tribal, desordenada, casi musulmana, que me traje como parte del deber de recordar que entre los muertos estuve casi vivo, pero regresé agónico, larga y humanamente agónico, canceroso del hombre y sus basuras y lleno de los cadáveres que debo y ahora se empujan en mis lugares húmedos para hacerse su espacio en el asedio.

A mí mujer angloetíope le gustaba este after: Vieja Lavanda Fulton. Quizás porque era inglesa, rubia y pulcra como una fotografía protocolar y la lavanda pegaba con esa sobriedad de espiga agraria que tenía su talle diminuto.

Mi hermano, en cambio, odiaba el olor de esta lavanda. A él le gustaban los aromas complejos, que costara encontrar y fueran to much expensive, porque él siempre fue mucho más complejo que yo y lo puso en juego.

Extiendo el after con un gesto perdonador de este rostro gastado, que se va arrugando de miserias y donde todo duele sin remedio.

Pero tengo ojos fríos, tan cansados que se que han quedado quietos y están fríos como si fingieran haber muerto. Esos ojos me miran mientras extiendo el after por el múltiple ardor de las mejillas y se defienden de mis ojos, de estos que no están en el espejo sino en mí, acumulados, aturdidos, frágiles.

Extiendo el after, pero el olor a cadáveres resiste dentro de mi nariz. Suplanta al olor sabroso de la grasa que cruje en la parrilla anunciando el asado de la tropa y suplanta los perfumes violentos de tanto verde al aire, buscando primavera. Suplanta a la lavanda y a la vida.

Me huelo desde adentro y no conecto con el mundo de afuera. Estoy como en un cuadro, quieto y fósil, dislocado de todo, pasajero.
Soy, o supongo ser en este instante, un prolijo y perfumado sobreviviente de toda crueldad.

Retomo mis rutinas.
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