Diario somalí


Días de transa

Vivimos una vida provisoria de la que aprendimos a espantar el momento del sueño.

Vivimos una vida provisoria, en un campamento provisorio que está lleno de gente provisoria, junto a un hospital-carpa provisorio, donde la muerte se hace definitiva, como el hambre o el desabastecimiento.

Nada llega porque no llega nadie más que esos que nos habitan alrededor y que alguna vez fueron seres y que, equivocando el adjetivo, se acercan a un sitio que ellos consideran promisorio.

Desaprovisionados, desprovistos, hemos enclavado otro poco de miseria en el medio de la planicie de la desesperanza, esperando que los “socios locales” deriven este bagaje de vacío hacia un lugar en el que, al menos, haya agua.

Somos un hábito de moscas que camina o se arrastra o se mantiene quieto, para ahorrar las fuerzas por si hubiera que resistir una avanzada que caiga de sorpresa a robar la miseria, que es, paradójicamente, lo único que tenemos realmente.

Enterramos difuntos todo el día.

Ya no hablamos siquiera entre nosotros.


*

Conseguimos que parte de una unidad de Burundi se quede con los médicos.

He aquí la ironía. Antes íbamos humanitariamente a salvar a Ruanda y a Burundi y ahora, ellos están aquí, representando a la Amisom, como si hubieran evolucionado y ya no tuvieran tragedias.

En principio les pedimos escolta, pero se negaron. Evitan los enfrentamientos cuantas veces pueden, porque aprendieron que todo es tan inútil, que mejor evitar el hecho armado.

Igualmente negocian con nosotros que de lo que sobreviva a los retenes ya sea del gobierno o de Amisom, ellos van a tener un porcentaje para vender en el mercado negro, y quede monetariamente compensado el favor de quedarse un rato por aquí a cuidar este pequeño cementerio.

No nos sorprende, porque lo hemos visto repetirse bajo todas las siglas humanitarias del planeta. Es algo que está en todos los contratos a donde vaya una fuerza de paz. Siempre hay una parte de la ayuda que se desplaza hacia el mercado negro, compensatoriamente al hecho de venir a perder la vida en un territorio irredimible.

En todas las guerras, cuando tuve sed, conseguí en la calle y por algunos dólares, una botellita de agua mineral que decía UN.

Comer en este lugar me da vergüenza.

(julio-septiembre, 2011)
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