Diario somalí




Sindrome post traumático.



- Hola, tío...¿Cómo estás? ¿Quieres hablar?

Un viento suave mueve los recortes de la carpa y el afuera se transforma en un juego, un palpitante hilo de candiles que humea formas.

Tengo ambas manos cubriéndome la cara.

- Yo no sé hablar.- respondo, a esa sanitaria solicitud de médico que ella me expresa, desde la puerta por la que entra el aire hecho de carne descompuesta y fresco.

Me muestra una botella de agua marca ONU y sonríe.

- Anda...échale un trago, tío...que parece tu primera vez. Deja de maltratarte, que eres guapo y te pones muy feo. Hiciste lo correcto ¿a qué más vueltas? ¿O me querías ver muertita, di? Vamos, hombre...que de ser por tus colegas, ahí me quedaba yo sin irme al cielo, que si debo follar, pues ha de ser con alguien que me ponga y no con una horda completa de chimpancés con rifles.

Consigue que me ría.

Es el tono español, el desenfado, la botella de agua que parece rellena con luciérnagas y que ella mueve con gracia por el aire. Brilla el agua como un tesoro húmedo, encendido a la pequeña luz de los faroles que apenas nos alumbran.

- No había otra salida, tío...anda. No puedes hacerte cargo de lo loco del mundo. Has puesto dos cojones y lo has resuelto..que de no ser así, pues mira, nadie contaría el cuento aquí y ahora. Y para más males, nadie nos enterraría, tampoco. Anda que...buen panorama ese de quedarse allí, todo comido por los pajarracos ¡ea!

- Para mí es muy duro matar pendejos, Doc. Siempre.

- Anda...que ya lo sé...pero mira, no vengo aquí por ti, que al cabo eres tan seco que das repeluz ...Vengo por mí ¿sabes?.. Porque yo tengo miedo. Tengo mucho miedo. Tengo malos presagios aquí adentro.

Angélica Miralles señala un espacio en su camisa, entre los pechos y yo le hago un espacio en el catre y en mi cuerpo, al que ella se acomoda con la misma silenciosa exigencia de los húerfanos asediados por la oscuridad.


(julio-septiembre, 2011)

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