La palabra a(r)mada 15ª

Yihad
Ya no tengo recuerdos.
El mundo se acurruca, empequeñece, y me voy hacia adentro, igual que un cáncer, a comerme la manera y la víscera.
Me hago tumor maligno que se extiende hacia mis puertos salvos más remotos y a mis puertos de paso, inexorable plaga que toma posiciones en lo que me es más íntimo y así, me lo arrebata.
Perdí el bien no sé dónde, si lo tuve. Quiero creer que alguna vez no fui tan maloliente, ni pernicioso, ni tuve estos ojos rapaces que no entienden más que de carne muerta o magullada y que mis manos, estas manos de pólvora famélica, te llevaron caricias al cabello. Alguna vez tu boca me hizo hermoso.
Eras frágil.
Yo era omnipotente, como un dios diminuto al que le dieron matar por heredad.
La sangre y la paloma no congenian encima de los mapas. Seguramente por eso te volaste de estas costas hachadas y anfractuosas, molidas por un mar irremediable cosido con naufragios.
Buscabas catedrales en mi boca y yo escupía muertos sin campanas.
La muerte es un remedio, me dijiste. Y yo dije: lo sé...con el practico la curación del mundo y su miseria y, aunque no creas, también rescato gente entre las balas.
Así fue que me dejaste solo.

(De: La palabra amarrada)
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