Diario somalí



Uno va olvidando las cosas como un páramo va olvidándose del agua mientras se resquebraja, hasta que un día ya no la recuerda, ya no sabe nombrarla, ya no sabe qué es. Por eso, quizás, el agua ya no llega. Olvidar es casi un sinónimo de no necesitar lo que olvidamos.

Tampoco llegan algunas otras cosas.

La voz de la esperanza se marchita en un murmullo sepia y uno se acostumbra a masticar polvosas ilusiones que intenta desenterrar con arañazos mientras ayuda a enterrar diez fetos, veinte niños, doce ancianos y otras tantas mujeres.

Uno es la costra de su propio espanto, cubriendo una llaga que rezuma, como si la curara de los huevos de mosca que le crecen adentro.

El cielo se desploma en sus estrellas. Y ese animal muerto queda allí, páramo entero, distancia, sol informe, noche para cavar algunas tumbas, sollozo porque sí, puño de un arma, gatillo que no cesa.

Ya no existe Estambul en mi memoria, no existe Ankara ni Praga lejanísima ni Brujas. Ni volverá Nairobi a sus olores ni habrá otra jupâ en Etiopía, porque pronto no habrá tampoco Etiopía, como ya no hay Somalia.

El mundo es un borrón sin cuenta nueva y aún en el bazar de Mogadiscio, conseguimos una AK por pocos dólares, o una batería antiaérea, que resulta una ganga a los bolsillos.

- Angélica Miralles.- dice ella, que es médico y estrena sus hazañas, estrechando las manos que casi no extendemos - ¿Vais al sur?

Nos apretamos con molestia en la cabina y ella puede subir.

Ahmed arranca.

( julio-septiembre, 2011)

Postales luminosas (diario somalí)
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