De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma II)

Las vidas azarosas no dejan muchos rastros. Se van perdiendo en todas sus tormentas. 

Uno aprende a convivir con la prohibición, de modo que busca otras formas de su fecundidad, otros parámetros. Aprende a desprenderse de los rastros con que puedan atarlo a algún perfil que acabe por condicionar una o todas sus existencias.

Uno aprende de los desprendimientos hasta dónde consigue sobrevivir sin tantas partes.

Me desprendí a la fuerza de mis hijos, desde ya que me puedo desprender de mis papeles, porque al desprenderme de todo lo que quise, me desprendo de mí.

Porque uno es lo que quiere yo no existo

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