Diario somalí

Haciendo África

Ahora llora.

Ahora se está dando su tiempo de llorar, mientras yo limpio el arma y el japo intenta conseguir un poco del potaje pestilente, para hacer callar a los hermanos, que lloran como Angélica.

Ahora llora mientras yo puteo y hasta un poco la odio.

- Te dije que no fueras.- digo al fin y ella levanta sus ojos de princesa egipcia. Ojos de Horus perfectos, largos, álgidos, avellanados ojos que miran esta mezcla de odio e impotencia que siento en lo que son mis ojos que la miran y repito – Te dije que no fueras, te lo dije, carajo, te lo dije.

El Canguro pregunta que hacemos con la muerta. Los hermanos no comen. Lloran más fuerte, más tupido, más tenso.

Nadie quiere volver a abandonar este círculo extraño que trazamos con dos postes en cruz cada diez metros y un solo hilo de púa que nos proveyó Libia, cuando aún era Libia y mantenía, con su presupuesto, a todos los indigentes que hoy mueren en Somalia, porque ya no hay más Libia para alimentarlos y no habrá.

La muerta sigue ahí, en esa especie de camilla en que intentaron los médicos salvarla o por lo menos, salvar su hijo naciendo.



Salir de este poco de espacio hecho de armas se vuelve una proeza.

Angélica, signada por su nombre, se pensó héroe, pero era sólo un médico.

Matitihau le dijo: Yo no iría. De ser tú, yo no iría.

Y ella le dijo: Pues ve tú, hombre ¿qué acaso no eres médico?

De ser yo, tampoco iría, le respondió él y ella, con alguna cosa de feminista heroica, dijo que ella sí.



- ¿Vienes conmigo?

Su dedo apuntó a mi vocación de héroe.

El japo arrugó toda la cara y se alejó de allí.

Matitiahu siguió explorando cuerpos que arreglar, en un hospital lleno de agonía.

Nadie quiso salir.

Ahmed Mbede no tuvo más remedio, por ser el único chofer con que contábamos.

Se armó hasta con cuchillos y me miró igual que los corderos.



Un esqueleto de mujer paría bajo un árbol.

Y bajo el árbol, era lo mismo que aquellas carnadas que se ponen para cazar al lobo. Pero nosotros no éramos el lobo. El lobo estaba afuera del nosotros y en una jauría hiperquinética, buscando carne blanca, fresca y sana, con la que procrear lobitos fuertes.



Ahmed sigue rezando haber matado. Hace como dos horas y aún reza.

Yo ya no rezo más. O mato o muero y además, en este caso o mato o mueren.

Así que solamente cargo el arma y gatillo. En esto se ha convertido la proeza. En una desesperada lucha por sobrevivir el día de hoy.

La que paría bajo el árbol se murió en la cesárea. El feto estaba muerto y atrancado.

A Angélica la manosearon un montón de monos de entre 12 y 18 años que querían morder su carne blanca.

Ahmed estrenó armas distintas a las ruedas de su camión de suministros que avanza contra todo como una bestia ciega, tratando de llegar a donde hay hombres que salven otros hombres.

Yo hice lo que tenía que hacer.
Yo soy soldado.

Los hijos de la muerta, aún lloran. El japo no les consiguió nada que comer.

(de julio a septiembre, 2011)
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