Pa-té


Estoy en este maldito calabozo y soy dentro de mí la bestia sórdida que odia a los patitos en el lago.

Los odio como se debe odiar. Sin mansedumbre.

Ellos andan orondos y encharcados, navegando en sus pequeños espejitos que sólo reflejan su pat-ez. El mundo es un pato para ellos. Su mundo es un pato que se refleja a sí mismo en ese cir-culito pático en el que hunden el pico para besarse el mismo pico que hunden.

No tener el Galil para enseñarles a volar por su vida, a nadar por su vida y a enterarse de que tienen vida. Tanta sangre de pato y actitud de pato que no sirve ni para hacer un guiso.

No tener el Galil.
Pero cuando te meten acá tenés que dejar las armas en la entrada.

Los patos se la pasan gritando que son patos. Hacen un putopatoescándalo de mirame como nado, mirame como dejo de nadar, mirame como me hundo, mirame como floto, pato corcho, pato que la juega de pato, pato de mierda en resumen, escandaloso, caguiento y puro pato frío en su charquito del que no sabe como levantar vuelo porque su imagen lo imanta sobre el redondelito de su ombligo de patito al agua.

No tener el Galil, carajo. No tener el Galil.

Día y noche ese graznido que no cesa nunca. Ya no sabés si están contentos, tristes, aburridos, metafóricos. Graznan pata-mente por todo lo que existe, como si todo fuera, al fin, lo mismo.

No tener el Galil, para que aprendan a ver las diferencias.
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