Alianzas macabras

Es el estado éste.

Aquí, allí, todo es el mismo olor a macerado, a rancio, a repodrido, que brota de la piel como si también fuera yo un animal del barro, de esos que se revuelcan para limpiarse los parásitos y evitar las grietas en su cuero correoso y esa expresión hedionda de sus glándulas públicas.

Sé que no debo pensar en cosas desagradables y malignas.

Sé que no debo establecer alianzas con gente que no domina ni su lengua ni su gatillo, aunque lucen como los mejores para ser comisionados por los que deseen mantenerse en la sombra y que otros ejecuten sus sugerencias festivas.

Un conductor de grupos conoce las implicancias de inducir a la acción a ese tercero que desesperadamente busca salir a matar en campo abierto.

Es parte del beneficio opulento que ofrecen el cinismo y la maldad, conjugados y alertas frente a la aparición mediática de un enemigo que nos acontece porque se le ocurre y al que nunca nos propusimos odiar.

Pero luego de ese asombro primario en que uno se pregunta ¿qué le pasa conmigo a Tal? surge el inevitable “bueno, ahora le haré algo para que realmente tengan sus derrapes un motivo plausible”.

Ahí cabe el tercero vocacionalmente asesino, al que se estuvo conteniendo en las gateras.

Se lo mira como a una estatuita china, invalorable y de ser posible, se lo mira delante de un espejo, para verse uno mismo el gozo que otorga pergeñar dulces malignidades.

Una palabra debe bastar. Allá irá el bruto ciego a embestir lo que señale de soslayo la mirada, esa, que en realidad le indica un camino recto hacia el ejercicio de la beligerante estupidez con la que representará nuestros deseos.

Porque para algunas cosas se precisan aguerridos estúpidos que no estén midiendo las consecuencias que el mentor mide, recluido en la sombra y observando como se producen los pedazos de la carnicería.

¿Por qué me aliaría con un infeliz de esos? ¿ No pregono de mí mismo que arreglo mis propias cuentas y mato con mis armas?

Tal, en estos casos, debe ser del infeliz usable, algún mal enemigo, antes - por supuesto - de optar por convertirse en el mío, con su actitud mediocre y pulverulenta contaminadora de mis espacios calmos. Permito, entonces, que mi ocasional partenaire le arregle a Tal las cuentas por los dos.

Esta liviana alianza es una forma – también - de arreglar mis problemas de munición pesada sin desperdiciar parque en los chimangos.


(De: Hojas de sombra)


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