Diario somalí



El Chapulín Colorado

Ya nadie quiere salir a cavar tumbas.

Estamos encerrados en la esfera, sin protección ni abrigo.

La esfera nos tiene donde nos quería: en el centro exacto del altar del sacrificio y es cuestión de un poco más de tiempo que lleguen los sacerdotes que ofician ritos lejos.

Por el momento, envían emisarios para tratar de negociar con los de la Amisom que quedaron encerrados con nosotros cuando ellos completaron el cerco.

Tratan de negociar con el ruandés y los dos kenyanos la entrega de los blancos.

El ruandés es muy joven. Tiene miedo. Es tan delgado que el fusil le inclina el cuerpo hacia delante.
Los kenyanos están resignados, impasibles.

Los tres hablan muy poco y se mantienen lejos del mundo somalí, como si estuvieran de paso en este infierno mínimo al que no acudieron por vocación como los médicos ni por estupidez como nosotros.

Si se quitaran las insignias de Amisom, se confundirían fácilmente con los mismos que están obligados a combatir y que ahora intentan negociar con ellos que les entreguen “a todos los blancos”.

En este campamento quedan todavía tres médicos (originalmente eran siete), dos periodistas que no están por gusto sino porque llegaron arrastrándose a través de la sabana cuando atacaron el vehículo donde viajaban con otros dos que no llegaron jamás hasta nosotros, dos cooperantes humanitarios de una ONG turca que perdieron al resto de sus compañeros intentando montar en esta zona un espacio precario que les de a los muertos un día más de humano, cuatro voluntarios judíos y un chofer guía, Ahmed Mbede.

Estamos encerrados con una cantidad de refugiados a medio morir que esperan en silencio, como estatuas de tierra seca y negra, que les acontezca lo mismo que a nosotros.

Y sin embargo, mientras trabajamos entre todos sus cuerpos y prometemos derivarlos a campamentos donde puedan comer y hasta quizás sobrevivir, sabemos que somos lo único que tienen.

- Aquí sólo nos tenemos los unos a los otros. La paz debe ser algo así. – le digo a Akar, que ha terminado sus plegarias y ahora carga la pala de los enterramientos.

- Belki...- contesta, en turco. Y sonríe, mientras me palmea la espalda para que iniciemos juntos la tarea diaria de tapar cadáveres.



( de julio a septiembre, 2011)
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