Diario somalí



La balanza torcida

- ¿Alguna cosa deberéis hacer? Vamos a morir todos si no tomáis alguna decisión pronto.- dice Angélica y la luz del farol le va moviendo fantasmas por el rostro.

Está sucia y cansada, como todo el paisaje. No puede – como en sus épocas de feliz civilización - ir a su casa a mudarse de ropa, acostarse en su cama, escuchar música, olvidarse del día de hospital.

Aquí el hospital la habita, como la habita el hambre, la impotencia, la terrible zozobra de decidir a qué niño darle el alimento que negarle a otro, decidir como Dios las posibilidades magras de la vida y hacerse fuerte en ellas, severamente fuerte y ajena a la arbitrariedad.

Solamente se raciona el alimento entre los que tienen posibilidades ciertas de sobrevivir y ser trasladados. Los otros son una estadística de espanto.

Luego existe lo de allá afuera. Esa sed de sangre que se avecina y purga la noche con escaramuzas.

- Hay que salir y limpiar el terreno.- le digo a los australianos – Ya que nunca llega la Amisom, lo vamos a tener que hacer nosotros.

Llevamos muchos días sin dormir y ya casi no nos quedan suministros de ninguna clase, porque la ayuda no atraviesa el cerco. Muere lejos. A veces escuchamos las explosiones y sabemos que la vida se acorta sobre todos.

Los del último grupo de refugiados que llegó por la noche, le explicaron a Ahmed Mbede que no son muchos los que están afuera y nos acechan. Sólo están ahí, armados, esperando. Con esperar les alcanza para hacernos pedazos a pesar de estar también nosotros bien armados.

El japo no cree lo que dicen los refugiados. Opina que los están usando para hacernos confiar.

- O salir.- murmura Matithiau – Están esperando que salgan a buscar agua y comida.

No dice “salgamos”. Salgan, ustedes, los que no son médicos.

Los médicos vinieron a ser médicos y a tratar de salvar yo me pregunto ¿qué?

Conferenciamos debajo de la carpa y a la luz del farol.

La noche es una cosa que se cierra, que no descansa, espesa y maloliente, como un tacho de basura destapado, repleto hasta el borde con todo tipo de desperdicios que fermentan.

La noche no trae calma. Es insidiosa y pesada. Se vuelve un animal baboso y persuasivo que trepa desde todos los bordes y va oscureciendo y ensuciando los ánimos y las voluntades.

- ¿Y si salimos y cruzamos, qué? ¿Tendremos la oportunidad de llegar a Mogadiscio a buscar alguna ayuda?- pregunta uno de los cooperantes.

Ángela interviene, mientras lucha con los mechones del cabello que el viento seco y áspero le echa sobre los ojos.

- No se irán todos, tío...¿qué hacemos nosotros si os vais todos? ¿Quedar librados al azar? Los médicos no podemos dejar a toda esta gente...así.

No es sólo salir.
No es sólo ir.
También hay que volver.

Hace días que pedimos refuerzos para manejar la situación y empezar a mover la multitud que se nos acumula. Pero nadie nos oye. O no pueden llegar. Desde aquí no se sabe.

Lo único que percibimos claramente es este estado feroz de sobresalto del que no podemos desprendernos ni cuando jugamos con los niños que aún pueden jugar.

- ¿Sabes porque están ahora esos ahí afuera? – pregunta Ahmed al ruandés que ocupa el extremo de la sombra con la que el farol nos lame a todos. Él también sabe por qué están ahí, pero prefiere que lo diga el otro.

El ruandés levanta los ojos y las escleróticas blancas parecen lucecitas. Él se pierde en la sombra, como una mancha de uniforme verde, que también está en sombras.

- Esperando para llevarse a las muchachas que sirvan para esposas.

Habla siempre muy bajo y casi sin gestos y casi sin voz.

- Quizás convenga negociar algunas.- susurra uno de los keniatas – Buscar algunas y ofrecerlas. Ellos se irían, dejarían trabajar a los que queden aquí, nadie moriría. Ellos estarían contentos y nosotros tranquilos.

Angélica nos observa como a una troupe de monstruos pavorosos.

Sabe que nosotros estamos contemplando la posibilidad, aunque nadie lo diga.

(desde el comienzo de julio al fin de septiembre, 2011) 
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