Protocolo de ausencia




Hago pocas visitas cuando regreso aquí.

Visito a los parientes; a mi primo, con el que compartimos el casi exacto mismo nombre (a mí me falta la z que él posee, porque él es puro pédigri y yo soy mitad goy).

Visito a mi ex suegra, con la que mantengo un romance impredecible en el que compartimos además del té, un desquiciado amor por África.
Nunca dejaré de ser el husband de su hija y su lovely son in law.
Le cuento algo de nuestra Áfricamía y ella llora a la inglesa, porque los dos la vemos destruirse dentro de estos largos ojos amorosos con los que aprendimos a amarla en toda su grandiosa adversidad.

Visito la tumba de mi amigo. Me quedo allí en silencio con su tumba un tiempo interminable en el que escucho disparos sobre el aire.

¿Y qué es el aire?

Es esa jalea densa, metafísica, que pesa sobre el hombre de esta época. Pesa sobre los hombros de la gente que parece normal, que busca seguir el rumbo de sus vidas, pero el aire está quieto, barométrico, fijándonos a todos sobre el suelo como una mano que nos aplastara.

El aire es este ser irrespirable.
Ya otro aire no existe.

El aire aquí es esta cosa que nos envuelve como si latiera encima de las bocas, de los ojos, y se fuera quedando con nosotros, con nuestra voluntad, con nuestro aliento, con nuestra decisión de resistir.

Hay más guerra en el aire que otras veces.

También, como siempre, hay voces de turistas.

Chocolate bombón