Tzabar




Hay heridas de guerra que no tienen arreglo ni sutura ni prótesis.

Una herida es lo que te recuerda aprender de tus truenos su capacidad para siempre ser tormenta y no quedarse en amagues ruidosos.

O se nace para resistir o se nace para claudicar. En el medio, la polución vegetante y quejosa.

Me suelen preguntar por qué no me arreglo el incisivo central izquierdo.

Está partido en chanfle, o sea, es un diente roto en diagonal en su parte de morder.

Quisieron arreglármelo mis mujeres, mis dentistas, mis superiores, mis amigos.

Siempre dije que no y no cedí a ese “...pero te queda feo” o al otro “te hace sonrisa de hijo de puta” que es lo que argumentan cuando digo que no me lo voy a arreglar nunca.

De la rotura de ese diente también me quedó una cicatriz sobre el labio, que con el tiempo se fue desdibujando y perdiendo la trascendencia que tuvo en el momento en que fue herida.

Al fin y al cabo es un recuerdo de mi madre: un golpe en la cara con una sartén de hierro.

No voy a renunciar al único recuerdo que hace visibles las marcas que su amor dejó en mí.


Chocolate bombón