Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Diario somalí


Vasos comunicantes

Uno de los periodistas es holandés y habla un inglés mediocre. Es joven y como explicó, pertenece a una publicación modesta. No aspira al Pulitzer aún.

Los periodistas de las grandes ligas ya no vienen a Somalia. Por ahí aparece algún descolgado de la BBC, porque a los británicos les gustan los documentales que después hacen circular por Discovery, pero lo común es encontrar gente que no le importa a nadie si también – como los refugiados - se pierde en la sabana.

Acá se desaparece. Sencillamente, se desaparece. Y así te colecciona tu país: por desaparecido.

El otro periodista no sabemos de que nacionalidad es. El holandés tampoco sabe, porque ni él que lo trajo ni nosotros, conseguimos que diga una palabra. Está ahí, sentado como un buda deforme, con la vista fija en algún punto que solamente él ve. Shockeado, inamovible, desconectado del resto de la vida.

Parece que el holandés se hubiera traído una escultura y la hubiera descartado en ese rincón donde la escultura sigue, patinada de moscas y observada por los ojos de los niños, que se detienen delante de su formato inmóvil, como no comprendiendo si está vivo o en realidad, el holandés se trajo un cuerpo fósil.

Hay que obligarlo a beber, pero no come.

Le untamos la pasta de alimento en los labios pero él no se relame.

No lo culpo. La comida es una cosa cuanto menos extraña en sabor y en consistencia, aquí.

Hay una niña que llegó sola, persiguiendo a una familia de su aldea. Ella se sienta con él y le canta.

Todo el día le canta.

Todo el día le canta.

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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

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Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.