El diablo en armas




En realidad se entrena con pintura, porque de otro modo estaríamos todos muertos al día de hoy. Nadie tendría soldados en su ejército si todo fuera bala sobre el hombre.

Pero también se usa la bala, la que es de verdad bala, la munición que mata lo que se cruza en el recto camino del que es buen tirador. De otro modo, un hombre no aprende a cuidar su cabeza ni su culo ni tampoco a cuidar del compañero.

- Son cosas que pasan... Siempre pasan.- me dijo, se cuadró y se subió al helicóptero después de unas cuantas felicitaciones que Roig y yo tratamos de oír a pie firme y con cara de comandos, esos tipos automáticos que parecen Robocops en serie.

Los dos justificamos los lentes negros por el intenso sol siguiendo el ejemplo del de mayor rango, que comentó al llegar lo mismo que al irse ¿cómo aguantan acá con este clima?

Acostumbrados a todos los rigores, pusimos la misma cara impune las dos veces, con los ojos cubiertos por los lentes oscuros y la mirada detrás, parapetada.

El helicóptero de pronto se transformó en un pájaro guerrero y no lo vimos más.

- Vamos a enterrarlo.- le dije a Roig, pero los dos nos quedamos ahí, secos como dos palos bajo este sol diabólico, en este infierno extraño de las cosas que pasan porque sí.

Secos ahí, llorosos como chicos protegidos debajo de una sábana negra que oculta los caminos de entrada y de salida desde el miedo.

- Vamos sargento.- le volví a ordenar – Con este puto calor no quiero que encima se lo coman las moscas, carajo.

Él me dijo que sí, pero no nos movimos.

- Permiso para enterrarlo, señor. – me pidió Cáceres y levantó al cuerpo tapado aún por mi garibaldina.

- No. Lo voy a enterrar yo...Lo voy a enterrar yo.

El Líder dos llegó corriendo con la pala y me puse a cavar como en Somalia.

Tengo las manos duras y el corazón todo ampollado y me sale el juguito por los ojos y se mezcla con todo este sudor negro y brillante, que me impregna de una tierra que vuela, momentánea y reseca, como la volatilización de la alegría.

Todo el pelotón hizo silencio.

Le rendimos honores.

- Fue un accidente...saltó sobre la ráfaga...Señor, fue un accidente...

Cáceres me lo repitió cincuenta veces en cincuenta segundos y se puso a llorar.

Yo también sé que fue un accidente y que esas cosas pasan.

Roig armó una cruz de palo ¿le puedo poner una crucecita, señor? y la clavó encima de la tumba de mi perro.

(De: Hojas de sombra)

Chocolate bombón