Palabra persuadida

Yo diría que no me obligues a ser cruel. No me obligues a ser cruel. No busques las cosquillas de mi crueldad, si acaso estás aburrida o el vodka contra el frío te hizo daño.

No busques al enemigo que hay en mí, sólo por saber si sigue vivo. La bandera blanca está llena de sangre y ya no está tan blanca como la intención aquella que movía  mi mano.

Yo no soy un chico al que le vayan bien las amenazas. Si alguien me amenaza, antes de que cumpla lo que dice, ya está muerto diez veces, así, a mano desnuda y a corazón desnudo. Después del primer muerto, los demás ya son rayas para tachar de a cinco.

Lo que digo de mí no es puro hábito. Tiene más de verdad que de otra cosa, pero no quisiera tener que probártelo justo ahora en que vivimos con patos y palomas y yo no tengo ganas de ir a la armería por munición graneada.

Aprendé a valorar mis gestos de cariño o me voy a cansar de hablar en el desierto y de verdad me voy a callar, no porque el espejo me diga que voy a estar más sexy, sino porque la vida marca pautas de hartazgo y yo ya tengo saturados prácticamente todos mis TM (límite de tolerancia máxima, por si la  sigla se aleja de tu léxico).

Tengo mi propia forma de hacer patria y en mi forma, no van las dictaduras que me digan que tengo que pensar, que tengo que decir o que conviene o no conviene hacer.

Tengo mi propia forma de hacer patria y lo importante de ella es que la hago convencido y no “convenido”. La hago porque mi corazón me manda hacerlo así.

Mis gestos de silencio pueden ser hasta gestos de cariño.

Asimismo, mis gestos de silencio, pueden, un buen día, ser solamente gestos de silencio.

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