Marejada

Amores po-éticos

Marcelino Istillarte había abandonado las profesiones de mala suerte cuando el nuevo gobierno terminó de quitarles privilegios y sustituyó estos por una exahustiva revisión de cuentas que tenía como destino final el juicio y el castigo.

Desamparado por antiguas manos pródigas y negado más de tres veces por antiguos copartícipes, viendo la estampida de gringos ociosos a los que el nuevo momento político parecía a punto de acorralar contra el mar para arrojarlos a su oleaje, echó mano de sus cada vez más escasos recursos de salvamento de sí mismo y emigró hasta de su identidad.

Buscado como uno más de todos los buscados que el gobierno, tácitamente, había decidido no encontrar demasiado rápido – a pesar de la alharaca montada con tal fin – Marcelino Istillarte, anteriormente, Juan de la Cruz Rojas Mera, alias, “El Gallinazo”, no pensó con demasiado cuidado hacia dónde escapar, sino que la urgencia lo decidió como la urgencia es, atolondrada y resolutiva.

Cualquier lado era mejor que donde estaba, porque donde estaba lo conocían propios y ajenos, de modo que toda lealtad de los propios pasaba a segundo plano cuando el gobierno pedía datos a cambio de amnistías y los menos comprometidos ya habían cruzado la ancha calle de la acomodación para situarse a la sombra, nuevamente, de un poder que en la medida de sus posibilidades, no renegaba de ellos.

Marcelino Istillarte no gozaba de tal prerrogativa, porque su contracción al deber había quedado tan demostrada en todo lo que le tocó protagonizar, que pasó a figurar en las listas negras de todas las organizaciones de Derechos Humanos que cayeron como bandadas de gaviotas sobre los esqueletos abandonados del antiguo régimen, para demostrar que esos huesos que picoteaban desaforadamente y chillando escandalosas, habían sido engordados con elementos pertenecientes a otros huesos de los que no había quedado ni el fósforo para hacerlos arder en las noches del miedo.

Había pedido, como último recurso y cuando ya sentía sobre su sombra la persecución de los vivos guiados por los muertos que debía, una visa para emigrar a la casa de sus mentores gringos que, por supuesto, le fue denegada sin más trámite que un rotundo no, seguido de un sibilino “piérdase”, que Marcelino decidió tomar al pie de la letra.

Buscó, antes de quemar el resto para no dejar constancias, unos papeles de identidad en los que figurara inocente y blando y durante su última noche capitalina, se dedicó a transformarse en ese Marcelino Istillarte que Cabo de los Incendios vio aparecer una tarde magra de gaviotas, con el rubio cabello teñido de un negro lustroso y artificial y una barba y bigotes adheridos con pegamento, que luego, con el correr del tiempo y del crecimiento, pasaron a ser naturales.

A sus antiguos colegas no les dejó ni un saludo y solamente alguno lo escuchó decir que “se borraba hasta que soplara nuevo viento”, cosa que lo definió como pésimo meteorólogo, porque el viento que lo espantó parecía destinado a quedarse por siempre.
Se mantuvo nostálgico.

No había abandonado su profesión por hartazgo, como sucedía comúnmente, sino por fuerza mayor y eso lo mantenía insatisfecho y exaltado, con una melancólica amargura que le impedía la normalidad.

Con el dinero de pagas y pillajes que había recaudado en sus tiempos de gloria, compró una finca poco modesta como para resultar desapercibido, en la que instaló mastines negros en los amplios jardines y desde allí se embarcó en operaciones comerciales que resultaban imposibles de supervisar por cualquier autoridad.

Su presencia de comerciante próspero no trajo ningún beneficio al pueblo.

Cabo de los Incendios se dedicó a ignorarlo durante años como ignoraba cualquier cosa que no hubiera nacido allí.

Esa condición de ajenidad a Marcelino Istillarte le resultó el ideal del respeto.

Durante mucho tiempo no intervino en los asuntos de la comunidad a la que ahora pertenecía, por temor a ser reconocido por algún acreedor de viejas épocas, pero con el correr de la vida descubrió que la gente ignoraba los problemas nacionales y solamente se abocaba a los problemas locales que nunca eran ni graves ni muchos.

Para el resto de sus vecinos, Marcelino Istillarte comerciaba joyas y yuca o pájaros exóticos y trajes de lino. Cualquier cosa que comerciara daba igual si de vez en cuando invertía sus ganancias en pagar rondas de copas que lo congraciaban momentáneamente con el resto de hombres que por las tardes se dedicaba a juegos de baraja en el único despacho de bebidas.

Cabo de los Incendios tenía una calle principal, ancha y arenosa, que bordeaba la plaza central, alrededor de la cual se organizaba la vida administrativa. Capilla, intendencia y destacamento, se enfilaban bajo palmas polvorientas, en un perpetuo estado de siesta, enfrentando a un hotelucho destartalado que nunca conoció mejores épocas que las que lo destartalaron.

No era un sitio turístico, sino más bien, un lugar de retiro para espíritus que necesitaran de la soledad y del reposo.

La gente se manejaba a pie o en bicicleta, aunque había algunos automóviles de doble tracción y muchos caballos y mulas.

Entre esos vehículos areneros se contaba el de Marcelino Istillarte, negro y siempre lustroso, como un gran ataúd con vidrios polarizados que impedía ver que sucedía dentro de él.

Por esta condición de su vehículo, Marcelino Istillarte fue el primero de los dos en tomar conciencia de que “el otro también estaba ahí”.

El porqué de aquella presencia le quitó el sueño durante varios días en los que no volvió al pueblo.

Aquel otro se le había quedado guardado en la cabeza como una maldición de gitanos.

Todavía lo recordaba como lo había conocido. Un cabrón de coraje, difícil de quebrar por más esmero que pusiera él - munido de toda clase de artilugios provistos por los gringos que lo adiestraron - en destrozarle en el cuerpo la voluntad de resistir y que se le escapó como una sabandija, partiéndole el cuello a varios de sus hombres, cuando el médico entró al calabozo a ver si es que podía aguantar un tratamiento más.

A pesar de que Marcelino Istillarte aquella vez rastrilló el alrededor con la precisión de un topógrafo, el maldito se había evaporado, llevándose además su propio fusil, regalo de un gringo como agradecimiento a sus tan valiosos servicios y a otro preso con el que compartía cautiverio y del que todavía no se había conseguido acordar el rescate. A nada de todo lo fugado ese día, Marcelino recuperó jamás.

Fue Juan de la Cruz Rojas Mera el que entendió – ya sea por culpas guardadas o por precauciones nunca suficientes – que Marcelino Istillarte corría peligro inminente, con ese enemigo ahí suelto, en un territorio donde no podía estar más que para encontrarlo a él y cobrarle su agonía.

No tuvo en cuenta la cantidad de años transcurridos entre un encuentro y otro, porque el miedo es algo atemporal.

No tuvo en cuenta que el otro había estado encapuchado todo el tiempo en que estuvo bajo su jurisdicción, así que mal podía reconocerlo a plena luz del día, teñido de negro el cabello y cubiertos de barba los rasgos.

No tuvo en cuenta que la geografía era otra, que el mundo era otro y que el otro era otro y no aquel de sus recuerdos.

Regresó a su costumbre de portar armas y decidió que lo acompañara siempre uno de sus capataces, si tenía que distanciarse del perímetro acuartelado de su casa.

Cambió el modus operandi de sus transacciones comerciales, argumentando a sus socios que le parecía que el gobierno andaba en investigaciones sobre esa clase de actividades y prefería tomar precauciones antes de tener que lamentar pérdidas. Como era el mayor accionista y el más vinculado a sectores que favorecieran ese tipo de comercio -  ya que una vez calmada la primera oleada de reivindicaciones, los gringos encontraron nuevos lugares estratégicos desde los que operar sin ser molestados -  sus socios le dieron carta blanca para que el negocio no perdiera ni laboriosidad ni ganancias.

“El Gallinazo”, como en sus mejores tiempos, decidió que el único enemigo con el que se pacta  es con el que está muerto y que esta vez, el cabrón aquel no iba a zafar del destino que los vinculaba a través de la revancha.


(Fragmento de la novela)
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