La casa de palmas

El comandante descubrió la casucha de palmas el día que decidió asegurarse de poder unir - sin más que un esfuerzo parecido a otros esfuerzos – los dos extremos de la playa, con su liviano y cronométrico trote de maratonista.

Por una cosa o por otra cosa, aún no había emprendido aquella particular y perseverante correría, en la que el pelotón se embarcaba casi al amanecer guiado por un sargento al que correr kilómetros y kilómetros a la par de una manada de feroces animales bípedos, no le hacía la menor gracia. Pero prevalecía en el hombre moreno, más bien retacón y repujado de intemperie como un grabado sobre cuero, su inquebrantable dominio de la sargentería, casi una devoción al grado que había conseguido alcanzar como fiel exponente de lo que un suboficial que se precie, debe ser.

Como aquellas cosas que salen mal, destinado a llamarse Egidio, fue anotado como Egido, nombre del que no renegó, aunque todos condescendieron a su alrededor en considerar un despropósito que alguien que se llame Libertario de segundo nombre, lleve Egido por primero y, como en un acuerdo tácito que ya venía firmado, lo rebautizaron con su nombre original: Sargento Mayor Egidio Neves Gálvez, aunque terminó siendo “sargento” para toda la humanidad con la que le tocó convivir desde que abrazó la carrera de las armas.

El comandante, por otro lado y por una cosa o por otra - de todas las que surgían - no había podido integrarse esta vez al grupo del sargento o, mejor dicho, no había podido ocupar el lugar del sargento en el largo momento de los trotes, rol que ambos intercambiaran gustosamente tiempo atrás, sin perjuicio del rango del que azuzara a la tropa.

Neves Gálvez había aceptado la propuesta sin ceremonias. El comandante solamente le notó el beneplácito en la sonrisa que el hombre no pudo disimular y que sin sonidos, igualmente sonó a ¡qué bien que le guste correr a usted! 

Desde aquel momento, llevaban adelante la disposición, excepto, como esta vez, cuando la táctica protocolar reemplazaba al desempeño en campaña.

Por eso el comandante había decidido hacer el trayecto en solitario. Medirse contra el trayecto y forzar las distancias, en el convencimiento de que la edad no era para él un impedimento físico sino un reservorio mental de vivencias que lo hacían rico y poderoso en acúmulos vitales.

Si sabía vivir o no, eran cuestiones que los otros se hacían, sobre si necesitaba ya un descanso, un haber jubilatorio y menos problemas dentro del corazón y la cabeza pero que él no se planteaba ni parecía dispuesto a plantearse en los años por venir.

En estos pensamientos iba embarcado, cuando sus ojos registraron dentro del paisaje algo que no habían registrado en el previo pasaje por el mismo lugar.

Le molestó el hecho de que la casa de palmas estuviera allí – parecía estar desde hacía buen tiempo – y no haberla advertido de ida hacia un extremo y sí, de regreso hacia el contrario.
Esas cosas no le sucedían precisamente a él, dotado de una memoria cuasi prodigiosa, que mantenía en un registro fidedigno prácticamente todas las cosas que iban ocurriendo y parecía diseñada para apropiarse de los detalles ínfimos de las vidas y circunstancias en las que el comandante estuviera destinado a participar.

De tipo observador y poco locuaz, invertía en memoria lo que ahorraba en saliva, así que resultaba un archivero de mucho cuidado para las cosas de deudas y errores.

Curiosamente, su memoria dejaba escurrir como arena cualquier cosa que emparentara eficazmente con afectos o emociones tiernas. Eso no se guardaba en ningún anaquel, ni siquiera en los del corazón, más que como una neblina grave que el comandante podía desbaratar – llegado el caso – con un golpe de mano, similar al que se da para quebrar la tela de una araña.

Disminuyendo involuntariamente las revoluciones centrales de su trote de maratonista incansable, notó que la casa de palmas le absorbía los ojos como un truco de magia que lo sorprendiera en total indefensión.
Desde muchos metros antes había aparecido visualmente existente sobre el costado derecho de su carrera, igual que un mojón que señalara los kilómetros que ya llevaba sosteniendo el ritmo.

Conforme se acercaba sin quitarle los ojos – igual que a una posición enemiga – la casa comenzaba a presentar detalles y rincones. Se hacía más y más casa, palmas, hogar, plantas, humo, aroma, café, frescura, hamaca, amanecer.

Pasó frente a la veranda y vio mecerse como suspiradas las cortinas de hilo trenzado, como flecos y nudos que abrieran una puerta invisible y tibia a la persistencia tenaz de sus ojos. 

La mujer que bebía de un pocillo de peltre, reclinada en la abertura de ingreso, le siguió la mirada. 

El comandante tuvo la sensación ruidosa de que aquel contacto visual no se interrumpía, ni cuando ya sus ojos habían pasado de largo a otros paisajes y volvía la vegetación natural de los médanos en los que moría la playa hacia el continente, ni cuando volvió la cabeza para ver si era cierto.

Ella estaba allí, con el pocillo de peltre lejos de su boca, mirándolo alejarse.

A él le pareció que aquella mujer le sonreía.


(Fragmento de la novela)
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