Marejada

Marejar


Era el mar el que le producía esas sensaciones.

Ese espacio infinito, ancho como debió ser el origen del mundo, vasto y desarraigado de todas las cosas, redondo como lo que es absolutamente perfecto en su lisura, estaba allí, extendido animal plácido al que nada le importa de otros seres. Estaba allí, con esa pacífica laxitud atemporal que otorga a lo superior la ignorancia de su superioridad.

Después de racionalizar las sensaciones, fue que giró los ojos para que la playa se pusiera tan larga y tan ancha como el mar que había estado analizando un rato antes.

Lisa e interminable, amena, demorada de un viento apenas marítimo, apenas terrestre, era imposible determinar si terminaba en algún punto desconocido del planeta. 

Era otro animal, dorado y poderoso, que también dormitaba a la espera de nada.

Pero él conocía muchos mares o – pensó después – lo que conocía realmente eran los diversos humores de ese solo animal que, allí y ahora, le lamía los pies despedazados, como un dócil perro acuático que llegaba desde muy lejos a reconciliarse con su dueño.

Se había descalzado como un niño que intenta aprehender los siglos por los pies, porque los siglos se aprenden y aprehenden por los pies, que son aquello del cuerpo que siempre está en contacto con la piel de la tierra.

En realidad, el pensamiento romántico no le causó gracia, porque su romanticismo no era la más representativa ni favorable de sus facetas, así que inmediatamente corrigió el tipo de pensamiento. Se había descalzado porque las botas le despedazaban, como siempre, algunas partes del empeine que nunca formaban callosidades protectoras, quizás, porque siempre estaban en carne viva y se les pegaban las medias. Al quitar éstas, arrancaban con ellas la costra macerada y la llaga regresaba a su lugar.

El animal de agua le acarició el dolor con sus múltiples lenguas y lo llevó a otra parte, suavemente.

Él había aprendido los horarios del sol por sus propias mareas interiores, así que estipuló que era poco menos de las seis de la mañana y que el día se presentaba dulce, si conseguían conservarlo así.

Terminó de quitarse el uniforme como si fuera caparazón ajena. 

Sanamente desnudo se apoderó del mar y se internó despacio en el oleaje, mientras le renacía en la frescura el instinto de pez, ávido y libre.


(Fragmento de la novela)
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