Marejada

Trasmallos


Atarrabia tenía pocos complejos, por no decir ninguno. 


Se había aceptado como era y trataba de mantenerse de la manera en que se había aceptado, sin agregar cuestionamientos extras que le entorpecieran excesivamente el continuar viviendo.
Eso fue lo primero que Aparición Valerosa notó en el hombre que se había quedado observándola trabajar con las redes como si “tejiera un ajuar para incontables novias acuáticas y verdes”, según le dijo él cuando ella la preguntó por qué la miraba como miran los niños cuando se les cuentan cuentos.
A Aparición, la respuesta le pareció romántica y sonrió como un nudo pequeño que se le deshiciera en los labios, halagada.
Lo miró allí, mirarla sin hablarle lo mismo que los niños cuando escuchan cuentos, y levantó los ojos de la trama delgada y milagrosa.
Evitó decirle que la bebida aquella que él había traído le daba como una sensación de sequedad en la garganta y la mareaba más que cualquier otra, por todas esas burbujitas jugando a metérsele en el cerebro a través de la nariz. Tampoco le dijo nada del collar. Lo aceptó con una sonrisa de alegría, como si lo hubieran fabricado otras manos que no fueron las suyas.
Valoró el gesto de que aquel hombre raro, violento y silencioso, quien era capaz de nadar hasta el infinito y regresar de él según veía ella todas las mañanas, estuviera tratando de enmendar haberle dado el susto de su vida.
Le preguntó si él nadaba tan lejos para buscar el sol cuando nacía y lo escuchó decir que quizás, en otro tiempo del que él no conservaba la memoria, seguramente había sido un pez o un ser marítimo de las profundidades que los hombres continentales no conocen y por eso el mar lo llamaba de una manera tan exigente y poderosa.
Ella imaginó que él era un sireno y que, como el de su sueño, se había quitado la cola de pez en algún lado y ahora corría a todo lo largo de la playa, todos los días, porque había olvidado el lugar exacto donde la cola estaba y no podía encontrarla. Por eso, también volvía desde mar abierto, todos los días, de regreso a la tierra, para encontrar su condición perdida.
— Tu no le estás debiendo platica a don Marcelino.- dijo, en cambio, pensando que un sireno no tiene deudas encima de la tierra.
— No sé quién es el tipo, de verdad...Tampoco sé por qué me está siguiendo.
Antes de optar por disculparse con Aparición Valerosa, Atarrabia había preguntado por ella a algunas gentes con las que el día a día había conseguido crear cierta confianza.
El oficio le había enseñado a preguntar y a reconocer a los que hablan porque les gusta sentirse escuchados y sueltan, sin advertirlo, todo lo que el que pregunta quiere saber.
Así, fingiendo un interés que todavía no tenía despierto, supo que entre los hombres de don Marcelino Istillarte estaba Saverio Salazar; que Aparita vivía sola y le gustaba estar sola y que todos consideraban que era como un ser del agua, entre lo mágico y lo inefable; que don Marcelino Istillarte si bien favorecía a mucha gente, despertaba cierto resquemor sordo que nadie se atrevía a definir; que era un secreto a voces que detrás de él había negocios turbios y que tenía amigos gringos con los que nadie se quería encontrar de frente; qué nadie sabía a ciencia cierta de qué rama del comercio se ocupaba, pero que no se podía entrar a su propiedad sin invitación, aunque él se metía en la casa de todos para comprar aliados.
Después de varios tragos en el bar de la mulata de senos amelonados, Atarrabia tenía sobre Istillarte y sus asuntos, tejido un trasmallo tan fantástico y primoroso como los que miraba ahora tejer a Aparición Valerosa, con el sol masturbándose en su cabello ensortijado y libre que crecía en la luz como un mar negro y suave, hecho de plumas de cuervo y de carbones, brevemente encendidos.
No resistió la tentación de aquel pelo de viento y extendió los dedos, rozándolo en el aire.
Ella no se movió. Alzó los ojos garzos, igual que si llevara una vida esperando ese gesto.
— ¿Te asusté mucho? – preguntó él, dejando en paz al gesto y al cabello, retrayendo la mano como si hubiera tocado algo indebido.
— Me he llevado otros sustos...- confesó ella, entre nudo y nudo — La vida es casi una sucesión de sustos... Imagina, chico, la alegría es un susto que se ríe.
— ¿ Tenés alguna idea de por qué, este tipo Istillarte...?
— Querrá cazar un sireno...¿Qué otra cosa puede querer el hombre? Si no le debes platica ni otra cosa ni tampoco le conoces en persona ¿qué otra cosa puede querer que cazar un sireno?

(Fragmento de la novela)
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