Diario somalí

Planeta de lo simio

Hemos llegado al punto de las conversaciones antipáticas, así que nos limitamos a mantenerlas, antipáticamente, hasta el día cada vez más próximo, en que no hablaremos más.

La tensión se respira en las ideas. Es una especie de ladrillo sórdido y mal cocido, que progresa en el aire como un feto, hacia la inexorable formación de la pared que dividirá el accionar de nuestras personalidades.

No puedo mantener la cohesión del grupo sin marcar una pauta de referencia en la que el altruismo comience por esta precaria casa en la que estamos todos subsumidos, hurtando nuestro cuerpo a las cloacas para llevar luz de vela al inframundo.

Pero somos distintos, tan distintos, que inevitablemente rompemos antes de enviar las cartas con las que pedimos armisticio. 

Supongo que lo que nos hace diferentes, es que yo vengo de perder todas las guerras y ella siempre parece victoriosa, a punto de progreso, sin mostrar nunca este estado de descomposición que nos corroe a todos los demás.

No la admiro. 

Muy por el contrario creo que todo lo suyo es una pose con la que se obstina en resaltar nuestras abrumadoras diferencias. 

Siempre será lo moral frente a la amoralidad que nos envuelve. 

Siempre tendrá el rol ético a la mano, porque cuando del otro lado hay alguien como yo, es fácil mantenerlo. Sólo decirlo alcanza. Mi honestidad no me permite mentir sobre mí mismo ni hacerme pasar –para gustarle un poco– por un varón de Dios.

La verdad no nos hace libres. Nos hace diferentes y por lo tanto, las claves que me forman le son absolutamente incomprensibles. Sé que no alcanza a imaginar el mortuorio sustrato de mis pieles, que se han ido secando una tras otra, porque solamente puede entender este formato correoso y agrio, el que ha vivido la peor parte de las inmundicias, esa parte, donde no alcanza ni la imaginación del escritor ni el altruismo fanático del cooperante. Esa parte en que solamente habita lo reptílico de la más ancestral sobrevivencia.

Ahora está ahí, lejos de mí, porque no le alcanza su voluntad para contaminarse con mi lepra, pudrición invencible que le llega por miasmas cada vez que tomo una decisión o doy una orden.

Ahora está ahí, observándonos hacer nuestro trabajo de voluntario y aberrante salvajismo.
Trajimos los camiones junto a otras fieras negras y montunas, que se parecen mucho al enemigo. Trajimos los camiones a pura sangre y fuego, porque todo se reduce a matar antes de ser matado.

Trajimos los camiones y vamos a levantar el campamento sanitario para derivar toda esta gente al Ifo 3, que ni siquiera estamos seguros de que exista, pero así hemos oído, igual que lo ha escuchado la Amisom.
El Ifo 3 es un punto en un mapa que se fragmenta en cenizas ante nuestros ojos.
Ahora ella está allí. Y yo estoy aquí. 

Tengo el pellejo de un monito muerto entre los brazos e intento filtrar gotas de leche, desde mi dedo, despacio, hacia su lengua. Insisto sin denuedo. Sólo insisto, con el dedo mojado en leche fortificada, oprimiendo despacio el labio inferior, como si fuera una especie de monstruosa teta alimenticia que despertara por arte de atavismo, el instinto suctor que el hambre ha destruido.

Ella me mira, después de haberme juzgado como ese fiero animal que soy.

Quizás, porque soy un animal al fin, intento que esta cría de hombre no se muera. 

(de julio a septiembre, 2011)
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