Hasta la vista, beibi



Me divierte en el fondo esa categorización que hace la gente sobre si uno se está poniendo neurótico o es una falla de fábrica.

Tarde piaste, pajarito, si ahora te das cuenta de que el tipo era un loco de la guerra y no precisamente de Malvinas, aunque Malvinas también contribuyera con su aporte de cuota a mi locura.

La mayor parte del tiempo de mi vida hice lo que quise. 

Al final, decirlo suena además de lujoso, pedante. Pero eso no le quita su peso de verdad. 

Soy lo que hice de mí. Ese monstruo cetrino que no es ni alto ni bajo ni gordo ni flaco ni viejo ni joven  y que todavía se sostiene en pie, pese a sus ruinas, con la famélica obstinación de lo arraigado por absorber de la tierra los nutrientes.

Eso soy yo. Mi propio psicoámbito al que no tienen acceso mormones ni mamones. Tampoco la CIA ni los mimosos suburbios que algunos ponen a prueba con los débiles para llevarlos hasta la telaraña de sus tetas del alma y entretenerse un rato.

Soy inmune al éxito y también al fracaso. Hago lo que tengo que hacer, tratando de evitar daños colaterales, aunque a veces confieso que me gusta despedazar imbéciles corderos con todas estas ansias de lobo gris en medio de la nieve.

Hay gente que mejor si no está viva, a pesar de ese designio superior que le otorgó la inexplicable condición de nacer donde no hace pito de falta y solo estorba los demás nacimientos necesarios.

El CCleaner y yo nos parecemos.

Arreamos con archivos defectuosos, atados a su temporalidad. Hay que tunnear la vida cada tanto, porque si no se llena de pelusa y memorias corruptas y accesos que no existen.

Trato de edificar mi dulcedumbre para entrar en el bando de los buenos.

¿Porque soy bueno?

 No.

Porque tanta dulzura lo único que crea son gusanos, cuando el enjambre de moscas desova sobre el mundo. Y es todo un placer mayor el matar moscas, hasta siete de un golpe, lo mismo que en el cuento.
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Chocolate bombón