Separación de bienes

No estaba en el destino de tu nombre.

El no poeta era un engendro cáustico
lejano al lagrimeo y al vitriolo
y por qué no
al ángel de amatista.

No estaba hecho de bocas religiosas
ni de estupefacientes relumbrantes
ni de Prozac
ni estaba hecho de sueños a medio diferir.

Era un orgasmo brusco sobre un púlpito
y una feroz impronta de mordiscos.

No estaba en el destino de tu nombre
ese tipo de a pie
con buitres en el hombro y cuervos genitales
que abarcaba la sombra y la guadaña,
el esputo y el vómito,
la mierda natural de este gran mundo.

No estaba en el destino
siquiera de tus cartas ni de tu bacarat
ni de tus otros nombres masculinos
mordisqueados a ciegas y en silencio.

Nació de las especies más suicidas
con que tus venas eligieron pánico.
Llegó con la navaja a flor de ausencia
y los brazos deshechos de sollozos.

No estaba en el destino de tu cumbre
y te llevó
asida por los pelos
a tu viaje iniciático de abismo.

Ahora si te muerde o si te implora
o si se hace modesto o revulsivo
es apenas un pálido puñal
que vibra, irrepetible, entre tus sienes.

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