Diario del psicodrama


Psico VII


Cuando Rosa me despertó, yo tenía torcido hasta el aliento. 
Como es una mina super práctica, se le ocurrió la solución más lógica.
- En vez de dormir todo incómodo en este sillón de mierda, por qué no usás la casa del director...Está medio deteriorada, pero no importa porque vos sos hombre... 
No le pregunté que tendrá que ver. 


*


Subimos con Ramírez.
A él le pareció una genialidad la idea de Rosa. Si yo estaba adentro no tenía que estar él vigilando que no nos dejaran sin escuela cada dos por tres y además, como yo siempre andaba calzado – e imprudente - podía vérmelas con los vándalos. 
A todos se les había pegado el término que usaron en la tele y no se cansaban de exhibirlo cada vez que repetíamos la experiencia. O sea, cada vez que entraban – los vándalos - a hacernos mierda la escuela en que ellos mismos estudiaban.
La casa del director, en el edificio asqueroso, era una pocilga también asquerosa y húmeda como el edificio. Filtraba humedad desde los techos, de modo que las aulas de debajo de la casa eran las únicas con los techos secos.
Nadie la había ocupado desde que estábamos a cargo Rosa y yo. De tanto estar cerrada y con filtraciones, tenía un feroz olor a tumba. 
Ramírez se apuró a abrir las ventanas soldadas por tantos años de orín.
-Un bulincito para usted solo...Quién pudiera.- me susurró, cómplice, mientras el escarbadientes masticado le salía por uno y otro costado de la boca siguiendo el compás de su guiñada.
Como había subido con la escoba, se puso a perseguir varias ratas a escobazos.
Yo me sentí una cucaracha.


*


 Creo que Mirta se lo ve venir. 
También creo que es lo qué quiere. 
Ella no lo va a definir. Está en el morbo de ver hasta donde aguanto yo el histeriqueo de hoy te amo hoy te desprecio hoy no existís hoy nadie existe en mi vida más que vos hoy me las vas a pagar hoy cogeeeeeeeeeeeeeeeeme.
Yo no sé con cual de todas sus histerias quedarme. Todas las hace bien. A veces hasta pienso que me quiere de verdad la mina y es una negada para expresarlo.
En eso se parece a mí.


*


En el barrio la cosa funciona así. 
Aparece de repente y es una nube de solidaridad precaria pero probable.
Entre los que se enteraron de la idea, enseguida apareció el que sabe de albañilería, el que sabe de plomería, el que tiene una Branmetal* que hay que limpiar, Suárez, p'a que no te cantés de frío en este tugurio. 
Al rato tenía cuarenta monos arreglando la covacha con cosas pirateadas que mejor no saber de donde venían.
Hasta una cocina de esas de dos hornallas rapiñaron en alguna junta desafiando al calentador de garrafa, toda una bacanada al final para calentar el agua de los mates.
Las madres me mandaron yerba, azúcar, guiso de arroz.
Rosa me trajo papel higiénico del armario de portería y un jabón y una toalla que guardaba en su armario.
Ramírez me trajo una ginebra y una frazada.
Yo me traje un perro que encontré en la calle.
Me sentí muy raro.
Descubrí que la gente del barrio me quiere. 
Mirta me dejó ir.






Psico VIII



Parece que les bastara un hombre solo - el mismo de antes pero en otra geografía - para el ¿te cebo un mate? ¿comiste? ¿te lavo la ropa? ¿no querés hacer un asado el sábado en casa? ¿necesitabas tomates, porque te compré?
De repente parezco un sultán entre esposas y favoritas.
Lástima que la covacha se llueve justo sobre el colchón, lo ponga donde lo ponga.


*
Mis hijos, los que no veo desde no sé cuando, llamaron desde Australia.
Graciela decidió por todos que Yordan es mejor padre que yo. Algo de ginecocracia tuvo siempre su aristocracia, además de que Sheridan suena mejor que Suárez, acá y en Australia.
Mirta me llamó para avisarme que les había dicho que yo no vivía más ahí.
Después hablan de la sensibilidad femenina.


*


¿Por qué uno se envicia de soledad?
Para no sentirte tan vicioso, te buscás un perro. Laguna.
Rómulo me trae los ravioles.
El pendejito se me acerca. Le hace mimos a Laguna y me sonríe.
Ahora somos tres para un solo plato de ravioles.
Laguna hace que no tiene hambre.
Ella come caricias.
Rómulo igual trae más.


*


Le pegué tanto, que si no hubiera estado Emilio, pastor del templo evangélico, le hubiera hecho gratis el trabajo a la taquería.
- Dios se murió...Dios se murió...meteteló en la cabeza.- le grité a Emilio que me sostenía mientras el tipo se iba reptando por la zanja como un bicho de barro.
- No podés tomar la justicia por tu mano.- me aleccionó.
En el Hospital no nos dieron certeza sobre si el chiquito iba a sobrevivir a la paliza y a la violación.
- No tomo la justicia...tomo la ira.
Emilio igual puso la mano encima de la Bersa.  
Y fue en persona a hacer la denuncia.
El Juez dictaminó otorgarle la custodia a los padres.
El chiquito volvió a la casa.
Emilio ni siquiera me miró, aunque yo le dijera que él no tenía la culpa de que la justicia del hombre fuera mierda, cuando llevamos al chiquito de nuevo al Hospital.

Taquería: comisaría del barrio.


(De: Diario del psicodrama - Breves historias - ed.  2008 )



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