Jardín sin alegría






A veces voy a pie, por la autopista, siguiendo los mojones que guían estos pasos volátiles y atípicos y camino por rutas canceladas y pozos llenos de muchas cosas que están mejor en ellos y que ojalá, nunca  salieran de sus fondos mórbidos para ver si acaso hay otra luz.


Llego, también algunas veces, hasta ese jardín abandonado, en dónde ya no sé si crece el árbol aquel que suelo recordar y ando entre los penares y las piedras, como a quien va deshojándosele un libro que ha guardado a ras del viento.


Lo recorro con esta mano torpe sin caricias, allí, hospitalario a la vez que inhóspito, lleno de caminantes que tropiezan con los fondos de vasijas rotas y repletan con voces parecidas una sonoridad que siempre será única.
Los miro desde lejos y sin intervenir en su paisaje de entusiastas admiradores paisajistas.


Yo llego como llegan las sombras por los bordes que tiene toda luz. Llego a mirar aquello que no existe, porque arrasó el invierno con los brotes. Ese invierno voraz, justo ese invierno, que siempre anda conmigo.


Voy una vez y otra y otra vez, hasta el pórtico que siempre luce igual. Miro de lejos y siempre luce igual.


En el jardín del árbol, ya no hay nadie. Nos hemos abandonado mutuamente, como tiene que ser.


(De: Hojas de sombra)
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