La palabra a(r)mada 16ª

Rabieta literaria


Llevo días intentando entender. Días de dar vueltas, de doblar todas las esquinas del mundo y regresar despacio al mismo sitio, con los bolsillos secos.

Llevo días intentando entender. Días escapando de mi profesión para hacer un rato de hombre simple y entender desde allí.

Llevo días intentando entender y zozobrando en magia, como si viera magia por primera vez.

Llevo días intentando entender bajo la lluvia y corriendo a todos los buzones con cartas en la mano escritas en ese idioma del mundo paralelo que deslumbró a mi mundo.

Ahora entiendo, por fin. Hoy, lunes 8:30, hora de Ierushalaim.

Debí empezar por donde mi instinto me indicaba, pero no quise. Quise hacer de hombre simple que ha encontrado un momento de magia y lo disfruta a pleno, deslumbrado.

Y como cabe a todo lo mágico hecho por los hombres, con lo que me topé fue con un truco.

Me encandiló una copia. 

Le he enseñado a escribir a mucha gente a lo largo de esta vida mía y hasta mi propio hermano llegó a imitarme con tal perfección, que la gente pensó, al leerme a mí cuando volví a Argentina, que yo era el que copiaba. O que éramos el mismo, publicando con dos seudónimos.

Él tomaba lo que yo me olvidaba de terminar o no quería acabar y fabricaba historias a partir de mi historia, con mis propias ideas y con mi propia técnica. Llegó a parecérseme de tal manera, que si mi memoria no fuera lo que es, me habría agenciado varios de sus libros de poemas abandonados en el disco D de mi computadora, como si fueran míos. 

He escrito todo el tiempo, desde que tengo memoria de mí mismo y de tanto caudal, uno se olvida. No así de las novelas. Las novelas para mí son sagradas. Duros animales que apacento y vigilo diariamente, sin perderles pisada.

He dicho hasta el cansancio que un escritor sin su voz no es nadie.  Por eso, lo que me deslumbra de los escritores es su estilo literario (cuando es bueno, se entiende). Su estilo, esos toques de otro mundo que se perciben al armar la estructura visceral de las frases.

Encontrar uno de esos, es un hecho que roza en el milagro. 

Encontrar dos exactamente iguales, es una decepción con grandes letras góticas, porque lo que se pensó la magnificencia de un estilo especial, no es otra cosa que un papel de calcar sobre otro estilo o, lo que no quisiera siquiera imaginar, una mano dirigiendo otra mano y obligando (sé sutil, Akhenazi, donde dice obligando va induciendo) al alma de esa mano a escribir a imagen y semejanza de la que la guía.

Que una mujer imite a Pizarnik, vaya y pase, pero que un hombre imite a Pizarnik, que es una literatura estruendosamente femenina, me ha dejado con la boca abierta por el asombro y por la insensatez.

La imitación, no ya de Pizarnik (quitémosla del medio, pobre, que ya esta semana la nombre dos veces y es demasiado), sino de un estilo, hasta el punto de que leer a uno u otra es leer siempre al mismo, me ha quitado las ganas de volar.

He vuelto a Blas de Otero: déjenme en paz las alas de cadenas, que por lo menos son absolutamente mías y me mantienen atado a mi no vuelo, que tampoco es de nadie más que mío.

El maestro no puede no advertir que su alumno lo imita en el mejor de los casos y en el peor, ya rayando con la desfachatez, no puede no decirle a su alumno, discípulo o lo que sea, que las voces de ambos se están confundiendo y, ahora sí, obligarlo a que retome el camino de su propia voz.

No sé si lo que me duele es el corazón, el hígado o el alma.

Enseñar a escribir no es fabricar loros de tinta que nos copien hasta la respiración entre palabras.

Enseñar a escribir es enseñar a vivir las vivencias volviéndolas palabras que sean vivibles por los que nos lean, pero siempre desde nuestra voz, desde nuestra piel, desde nuestro latido especial para enfocar los prismas de este mundo. 

A la emoción del lector la hace la diferencia en el autor. Eso, que yo pensé que era algo mágico y que me tuvo por fan hasta las 8:30, ha terminado con gracilidad.

Por otro lado, yo también terminé de desembalar mis 2766 volúmenes que ahora sí, no sé dónde voy a meter como no sea de vuelta en las cajas donde transporté mi biblioteca.

Encontré Kolymâ Tales, edición de Penguin 1994. Tenía yo la idea de que ese ejemplar se lo había quedado Ruth.
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