Diario somalí

Somalia en sombra
Repartimos las huestes y empezamos este ominoso movimiento de miedo.


 Repartimos las huestes: los que se quedarán y los que parten al mundo que no existe y acaso imaginamos con salvador delirio. 


 Cargamos los camiones hasta donde se puede con esta jungla humana y un largo ronroneo recorre la amplitud nocturna, como un rumor de perros que mastican cadáveres sobre la tierra inútil. 


 Repartimos armados y salvadores por si se atasca el mundo en su próxima vuelta y nos quedamos con la muerte a solas sobre el negro esqueleto de Somalia. 


 En el vehículo de adelante va un médico y los dos periodistas, el mudo y el que habla y en la caja, no sé cuantas personas apiladas como bolsas de huesos pequeñitos.


 Necesitamos un chofer por camión, aunque no lleve guardia armada para salvar a nadie, porque somos tan pocos y tantos refugiados, que hasta buscamos entre ellos alguien que pueda usar una pistola. Tenemos armas y parque de reserva, después de que emprendí las cacerías que tanto disgustaron a Angélica y a su afán de salvar lo ya insalvable. 


 —Llévate a este.– ha dicho Angélica cuando estábamos fijando las misiones.


 Se lo ha dicho a Mathi, que parte con los que parten y es por mí. Llévate a este que ya no lo soporto, supongo que pensaba cuando me señaló con su desprecio que luego se transformó en una rara mueca condolida. 


 —Lo digo porque si pasa algo...Dios no quiera...vas a saber que hacer, tío...Que a ti no te tiembla el pulso ni la pisada. Y allá lejos, vais a precisar a alguien como tú.


 Se acerca hasta mí que huelo a hiena enferma y me abraza con tanta pasión que me hace bueno. 


 Partimos, al fin, como una cosa que en la ancha noche tiembla.


(de julio a septiembre, 2011)
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