Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

Teoría de la prosa -irresponsabilidad del verso -imaginación del ensayo -incertidumbre de la reflexión

Café Hano(i)


Llegan las antiguas comitivas trayéndome sus gatos de piel de porcelana y chillido agudo, que en la cama se ajan y deshacen, torpemente, como figuras pintadas en un papel de arroz.

Siempre he sido promiscuo en la satisfacción de mis expectativas.

Me divierto un rato con las cosas y después me las como o las destruyo, por eso de lo posesivo y lo carnívoro.

Infiel he sido siempre. Sólo no le he sido infiel al amor de mi vida, porque le he sido leal hasta la extenuación y porque, además, nos divertía jugar juntos a la infidelidad.

Cazábamos en yunta y luego, en las camas de cuatro, dibujábamos nuestra propia película sueca encima de las sábanas y el semen.

Pudor: la cosa ausente en mí. Tengo eso de ser un elefante adentro de un bazar, feliz de destrozar cristales y cerámicas primorosas, hechas para lucir paquetas.

Ahora, volviendo al bar, a ese antiguo café donde plagian mi desdén las telarañas, la miro como se mira un mico.

La observo, tan vigorosamente puta, contándome su historia de filias que no existen. Debería decir filiaciones, que además emparenta con felaciones, tema del que en realidad quiere hablar y disimula por estólida impericia.

Inventa su estrategia como una rata ciega que ha percibido el fuerte olor del gato que la caza.

Dice “café”, dos tazas, alerta y desvelada en la noche profunda de mis ojos que la miran apelar al desaconsejado ecumenismo.

Ella confunde términos a fuerza de intentar hablarme en sánscrito.

—Ecumenismo no... ecuyerismo.– la corrijo y ella agita su clítoris de manca porque me escucha hablar y me busca en sus jugos de salinar tasajo.

La tomo por el mentón para mirarla, desfigurada a fuerza de cortajearse el rostro para que siempre me parezca nueva, pero la reconozco en cada gesto suyo de ser la misma ciega que hace el mismo gesto con la misma mano.

—Estás ahí.– afirma y se baja las bragas suavemente, para ofrecerme un culo temeroso, que tiembla para mí.

 Hay un paréntesis sin piel ni corazón, entre el grito lobuno y el destrozo.


(De: Back to black)

2 comentarios:

  1. Arrollador y seductor. Esta entrada me pone, me pone mucho, y no suena poético mi comentario, lo sé, pero tampoco voy a callarme. Me lleva a mundos que no he vivido y eso me deja fascinada... Sin más. Tendría que volver a nacer otra vez para aprender a ser mujer (sospecho que he sido una cateta), porque con una vida no he tenido bastante, sólo aprendí a ser hembra, y madre, y vecina, y compañera. Aunque por suerte siempre me salvó la literatura de todas mis carencias y de otros mundos que me fueron negados (o me los negué yo misma por cobardía). Me ha encantado. Exagerado (y no me digas esta vez que no es lo que parece ;)
    Un beso.

    ResponderEliminar
  2. Dice lo que dice, Euria.

    Y cada uno es como es, así que no vale la pena arrepentirse.

    Lehit

    ResponderEliminar

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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

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and...me

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Porque todos los cuervos alguna vez fuimos solamente pichones y durante cuarenta días volamos debajo del diluvio yendo y viniendo de la tormenta al Arca, los laureles siempre se los llevan las palomas.