Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Patente de corso standard




Llueve sobre las ruinas.

Busqué un ser que me sepa durante toda la mañana, pero se refugiaron, empañados, detrás de los vidrios que quedaban intactos. Detrás de los vidrios, parecen buitres muertos.

Una piedra transparente y negra se alojó en mí y canta o solloza, no lo sé. Sólo sé que me hirió casi de muerte y ahora estoy obligado a replantear mi vida.

Me resisto a desplegar las alas de cormorán del sur.

Lucho porque no quiero emigrar –de nuevo– a mi silencio.


Imagen by JPT Hart

Medio luto



Encendía un cigarrillo cuando escuchó el portero eléctrico.


Griselda Borghesse desvió los ojos hacia el aparato que pendía de la pared de la cocina a un costado de la heladera, como si pudiera verlo desde su posición en la sala de música y luego, suavemente, rozó el reloj de péndulo en el ángulo contrario al de su asiento, con la misma mirada estrábica y animal.

En ese horario no recibía visitas.

Su cabeza, con un bamboleo melancólico, regresó los ojos hacia el encendedor en el que sus dedos habían interrumpido el fuego. Volvió a pulsar. La chispa le pareció un instante que se consumiera en la ligereza del brillo.

El portero sonó una nueva vez.

Fastidiada, la mujer flaca, de largo pelo negro y facciones de tigre adormecido, abandonó la silla junto al violoncello y caminó descalza hasta la cocina. Antes de acercar el auricular a su oreja, observó la cámara de seguridad, que le daba una visión angular del insistente visitante.

Pensó en un vendedor de baratijas o en un pedigüeño de todos los pedigüeños que elegían la sobriedad marmórea de su casa para extender la mano e interrumpir sus ejercicios de cello, sistemáticamente.

Griselda Borghesse casi no atendía la puerta. Resolvía todo mirando por ese ojo invisible.

A veces se quedaba allí, frente al televisor que reproducía en su pantalla lo que la cámara captaba del exterior. Veía la gente, la vereda, los papeles, el viento.

La cámara le descubrió a un hombre que le daba la espalda, mientras aguardaba.

Era delgado, ni bien ni mal vestido, con un aspecto que le pareció desgastadamente atlético por la actitud casi de deterioro con que apoyaba el cuerpo contra la pared de la recova.

—¿Sí?— preguntó por fin, dándole espacio a su curiosidad.

El hombre, ante al sonido en el portero, giró el cuerpo y Griselda Borghesse tuvo un dejá vù largo y exótico, mientras sus ojos se abrían aún más, para atrapar la imagen corporal que traía, ahora sí, claramente, al fondo de su latido el sobresalto, mientras, intempestivamente, ella murmuraba: Ayy...no es cierto. No podés ser vos.

No quiso apresurarse, pero los pies la traicionaron y llegó corriendo a la puerta de entrada, alta, de hierro, reja y vidrio. Antes de abrir, de sus dedos se escurrieron las llaves. Un retintín apenas resonó en el zaguán, sobre las baldosas en damero blanco y negro.

Mientras se inclinaba a recogerlas, la figura del hombre, en la semipenumbra de la recova, era una perfil de tiempo neblinoso, una mancha oscura detrás del vidrio inglés, que los ojos de la mujer intentaban aprehender en su ansiosa trama gris.

Una vez abierta la puerta, lo vio allí, mirándola como lo recordaba de la última vez en que estuvieron en la misma exacta posición, frente a frente y se dijeron un chau adormilado en una nochecita de verano que olía a parra y madreselva.

Sin hablar y mirándolo, Griselda se vació de sonidos para que la sensación del hombre allí, fuera permeando sus espacios solos con su presencia rotunda y pobladora.

—Hola nena ¿Puedo pasar?

La voz le robó los ensueños y las formas visibles le llenaron los ojos.

—No te reconocí por el portero de tan flaco que estás...¿Pero qué te pasó? Parecés salido de una foto de Auschwitz— preguntó estupefacta, al tiempo que hacía un gesto de franquear la entrada y él ingresaba casi por una fisura entre el cuerpo de Griselda que temblaba y el marco de la puerta.

—Maso.— contestó, mirándola cerrar, antes de tomarla por la cintura y buscar la boca fina y ávida, con la que Griselda le devolvió el beso.

Todo era así con él. 

No había palabras. Ambos se encontraban en la piel, en la manos que empezaban a recorrer el cuerpo inclusive antes del saludo y se atoraban, desesperadas, en la ropa.

Griselda había perdido la cuenta de cuánta lencería desgarrada acumulaba después de esos encuentros. La guardaba como a un fetiche, rajada, rota, arrancada como los pedazos que él se le iba llevando cada vez que se iba, hasta una próxima vez sin plazos fijos.

Todo era así con él.

Una espira de carne que jadea y se empapa y se retuerce. Un espasmo. Un quejido. Una desordenada ópera de gatos.

Siempre decían lo mismo: te extrañé...te extrañé...

Esas palabras eran el conjuro y después, la saliva en las lenguas formaba un brebaje del pasado conjugado en presente y se fundían, se contaminaban, se sojuzgaban en un nudo caliente, penetrante, asfíctico, hasta que la boca de él se despegaba como para volarle por el cuerpo y Griselda entrecerraba los ojos, echando la cabeza hacia atrás, para dejarlo hacer.

Pero esta vez las manos que iban ciegas por el territorio aprendido de la piel, rozaban cosas nuevas, cicatrices aún desconocidas, accidentes extraños y riesgosos, geografías apócrifas de un hombre que era y no era el de siempre, el de esos pactos de ebrios en que el sexo les devolvía las ganas de vivir.

Había vuelto feroz. Encelado y feroz, en abstinencia. Violentamente tierno. Diferente como un otro animal que se estuviera probando la piel del macho alfa para estar con la hembra de sus sueños.

Jugaba a lastimarla sin ternura con un juego brusco, posesivo, en que le dominaba los instintos con las manos abiertas y los labios, como a una presa frágil atrapada en las zarpas de un predador lascivo que opta por no herir y prolonga mansamente la agonía.

Duraban juntos, él y ella, largas horas de sudor, hasta que los cuerpos se ponían jabonosos y resbalaban los últimos orgasmos sobre el agotamiento.

Él la llamaba Gris. Era austero en quejidos.

Ella le decía Nuar y le gustaba pensarse como una gata puta en una noche negra.

Ella tocaba el violoncello desde los nueve años y la primera vez que se vieron fue al final de un concierto, en que su orquesta acompañó a Yehudi Menuhin.

Nunca supo qué hacía él, pero tampoco pensó que hiciera falta saber eso, porque era parte de su fantasía ese no saber nada de aquel hombre que se comportaba a veces como un violador y a veces como un niño que ha quedado huérfano.

Dormido, le pareció que Nuar había envejecido no ya años, sino siglos completos.

Seguía siendo fuerte y se notaba ese vigor atlético de quien no se entrega a la rutina del sedentarismo y hace de entrenar una rutina, pero había algo mutable en aquel cuerpo varonil y exhausto, que ella observaba, indefenso, sobre la gruesa alfombra del comedor.

Como hacían el amor en cualquier lado, fuera el zaguán o el baño de servicio, quedaban así, incómodamente desparramados por la casa, que era cálida y coqueta. Una casa plácida, dijo alguna vez él.

Gris la había acondicionado y decorado pensando justo en eso. La había concebido con alfombras y muebles sobre los que el sexo pudiera ser fecundo, contagioso y posible. Una casa que invitara a los excesos que protagonizaban sin vergüenza.

Extendió los dedos y rozó las marcas. Comprobó lo que ya había percibido con el tacto y los ojos cerrados: las cicatrices eran muchas más. Muchas más en la espalda, muchas más en el pecho, muchas más en los antebrazos. Y seguramente, muchas, muchas más en el corazón.

Él entreabrió los ojos y giró el cuerpo de costado, para observar a la mujer recortada contra el resplandor. Crepitaba en el aire detenido un aroma a madera que se quema despacio.

Y Gris era una Godiva melancólica que le sonreía, desnuda, larga y pálida, desde el fondo de un mar de pelo negro.


(De: Novelas robadas sin terminar)

Ísola


Acomodó los ojos a la luz por dentro del espacio de su sombra y se quedó observando la calleja, torcida, empedrada, tan estrecha como el camino filante de una víbora.

Siempre había estado solo.


Set them free by Alltelleringet
Era un gato sombrío, al que le gustaban los alféizares y ver el mundo desde ese olor a noche que le embadurnaba con estrellas las garras y los labios.

Expresaba su soledad como podía.

Por eso sus dibujos eran una especie de carta que entregaba a pocos elegidos, a los que permitía ese intercambio entre el ojo y el alma de lo que el ojo ve.

En Il Modigliani, Ada lo había adoptado como una sensual curiosidad, que despertaba la expectación de los turistas y la ansiedad de muchos estudiantes.

Ese don de crear o "recrear" los paisajes del otro sin siquiera hablar con él, resultaba asombrosa y sobrecogedora.

Teo no explicaba su arte, porque no conocía la explicación a ella. Y aunque la hubiera conocido, y pudiera pulsar a su antojo los resortes que lo hacían un mago capaz de dibujar el alma ajena, tampoco era para él importante aquella facultad.

Le permitía comer, vestirse y continuar extendiendo sombras sobre luces, como un intérprete que obligaba a verse a otros en un espejo negro en esfumino.

Había dejado Roma atrás, como para olvidarla.
La ciudad le resultaba devoradora y agria.
Sus amistades creyeron que había emigrado a Firenze por el arte ¿Dónde mejor que en Firenze, la rara cualidad de Teo podía estar resguardada y contenida?

Pero no había sido así, aunque él nunca dijo sus porqués, ni a si mismo.

Una noche dibujó una muchacha que levantaba un papel desde el suelo, frente a una catedral.
É il Duomo di Santa María di Fiore, le señaló Vito, en Firenze.

Al lunes siguiente, Teo dejó Roma.

Fue después de dibujar el "lugar en lo alto".

Conservaba aquel dibujo de la ciudad amurallada en una carpeta de bocetos.

Había aparecido como todos los trazos de sus manos, casi por arte de encantamiento.

Durante mucho tiempo no supo que era aquello - como tampoco había sabido antes de que Vito lo dijera, que había dibujado sin conocerla la catedral de Firenze-, hasta que la carpeta se desparramó frente al apresurado caminar de una muchacha.

Y ella le dijo: La mía cità...Pitigliano, levantando el boceto como si se iluminara el día con su voz al decirlo, frente al duomo, en Firenze.


Sentado en la ventana, reclinado contra el marco con una pierna siguiendo el filo del balcón de hierro, la cabeza levemente volcada sobre la hoja de madera y la quietud de siempre, sus ojos adivinaban dibujos de pasos en el empedrado, pasos de toda clase, de todos los formatos y tamaños, que se alejaban y que regresaban.

Desde que la conoció le había dibujado muchas cosas, que ella agradecía con una candidez dispersa y ruborosa.

Muchas cartas, pensó. O muchos mapas de ella misma y no sabía él si de su pasado o de su futuro.

Nunca conseguía saber ese accidente de su don.

Renata bajaba los ojos, trataba de complacer su fidelidad en dibujarla con sonrisas y huía, entre cohibida y feliz.

Ahora, él tenía una carta de ella.

No necesitaba abrirla, porque todo lo que ella podía decirle, ya él lo había dibujado.

El sobre crujía en el bolsillo, con cada movimiento de la pierna, al buscar una posición más confortable en el duro reclinatorio en el que Teo dejaba que la noche le alcanzara los complejos recursos de su interior.

Se nutría de sombra como si de la sombra pudieran salir todos los tiempos y todos los espacios, así que se dejaba estar allí, no en blanco sino en negro, como si pensara sin pensar en nada, solamente absorto en envolverse con la suave oscuridad de los misterios.

- Chi sei, Renata...e chi sono io?

Regresó los ojos a la mesa, donde la última colilla del cigarro había quedado atrapada en una larguísima ceniza igual que el último dibujo estaba atrapado en el redondel de luz anémica que desprendía la lámpara de noche.

En el dibujo, una muchacha extendía un ramo de flores silvestres a unas manos ancianas y cansadas, en una habitación casi sin luz, al alféizar de cuya ventana, acababa de llegar un cuervo.

(De: Novelas robadas sin terminar)

Staff de planta



Cesáreo Azcuénaga
The black man by Stengchen

—¿Esto es un nombre o una tomada de pelo? No quiero pensar que es una puteada encubierta.­– dije, cuando desde el Face Off se comunicaron por el interno para preguntarme si el cadete me había alcanzado el sobre con los documentos a través de los dos pisos que separan ese Departamento de mi oficina.

—Responde a su perfil.

—¿A mi perfil? ¿Pero qué datos de mi perfil tomaron para elegirme semejante engendro?..¿Está muerto o es boliviano el tipo éste?

—Le mandé la planilla. Léala. No se queje, Jefe. Tiene apellido de prócer.

Click.

Extraje la planilla, doblada en dos, desde el interior del sobre manila.

Argentino medio de origen semítico, entre 50 y 60 años.

Perfil ambiguo introverso/expansivo, obsesivo maníaco, con alteraciones en la percepción del otro dado los rasgos egodinámicos que manifiesta en la consecución de objetivos.

Aemocionalidad potenciada por el rasgo perfeccionista en el desarrollo de la adicción compulsión por el logro de metas que aunque dependan del conjunto, vivencia como personales.

Marcada necesidad de obtener estímulos. Tendencia al aburrimiento. Incapacidad para el remordimiento. Crueldad. Rasgos de hipoestesia física...

Corté la lectura y apreté el intercomunicador.

—Face Off.

—Bueno, está bien. El chico es un psicópata hecho y derecho. Ahora ¿por qué tiene un nombre tan ridículo? ¿Me lo podés explicar?

—Cesáreo...No nacido naturalmente de madre. “Extraído o arrancado” del vientre materno por agentes externos, generatriz de incapacidad afectiva y emocional. Desvinculante. Cesáreo es un nombre “desvinculante”.

—¿Y Azcuénaga?

—Es lo más parecido al asco que se me ocurrió.

—¿Al asco? ¿Además de ser un reverendo psicópata genera asco? Va a tener razón Stanko en lo que dice.

—No. Es la única emoción verídica que se le pudo constatar. Es un poco impermeable este señor. Siente asco porque se siente una ciénaga...como dice el Analista Stanko.

—Entonces no es un psicópata ni un aemocional ni nada de toda esa puta mierda que escribiste en el informe ¿En qué quedamos?

—Es mejor que piensen eso a que piensen que es un idealista disfrazado de Porky.

Click.

—Porky es un cobarde...será de Babe.

Face Off no respondió.

(De: Del trabajo de a-gente y otras leyendas)


Staff de planta


Delicias de la concordancia


Dócil el aire y como un junco, dócil también el hombre que percibe la vibración a tripa, mientras observa de costado, con un soslayo ingrato y riguroso, al automóvil, allí, estacionado en la vereda opuesta, como un curioso objeto abandonado.
Dead water concept by Tatchit Halfcanter

Dócil el aire vibra igual que vibra el hombre que lo atraviesa a pie, los ojos escupiendo mirada de rabillo mientras el pulso avanza sus caballos de pulso a través de la sangre hasta el cerebro.

Dócil el aire y el hombre adrenalínico, percibe los sonidos de su cuerpo que cruza y abre espacio a ese temblor de cosas que no ve, que son presentimiento, acechanza, tum-tum de los tambores del presagio que se carnificó en él, sentido por sentido.

Cierra la puerta, y sin mirar alrededor lo mira todo y sigue su camino, infiel por un segundo a la rutina de sus dieciséis pasos hasta el garaje que de repente, se aleja de ser un cotidiano sino en la mañana.

Gira apenas los ojos y el automóvil azul petróleo sigue ahí. Estacionado ahí, parece un féretro.

—Puta ciudad de mierda.– mastica mientras se desentiende del cinturón de seguridad y se inclina a revisar lo que resguarda debajo del asiento.



Lo previno la voz en el teléfono. Una voz que sobaba su propia incontinencia, raspándose a si misma en la amenaza apresurada y caústica. 

Él escuchó la voz y perfiló.

—No te pongás nervioso, macho, que me tiento.– respondió, simplemente, socarrón como un gato que ve ladrar a un perro desde la altura inconquistable de una tapia.

El otro amenazó más sordamente, como dentro de un caño bajo un puente.

—Sí, sí...¿Vos y cuántos más?..Si yo no sé con quién me metí...vos todavía tampoco sabés con quién te metiste.

Colgaron y colgó.

Después se fue a dormir, dejando para mañana ese mañana.



Ahora estaba ahí, con un runrún a auto nuevo, perfumado y pudiente, evaluando las formas bajo el sol, mientras el gran portón de la cochera se abría lentamente.

Pisó despacio el acelerador, le hizo una seña al playero y entró al día, con el arma en el asiento del acompañante y los anteojos oscuros encima de sus ojos, casi clarividentes.




Alguien lo fue a buscar y lo encontró, sentado en la calzada junto al auto y entre gendarmes y gente que miraba. 

El revuelo también era enorme en la oficina. Siempre se arma quilombo en estos casos, cuasi despampanantes por lo que tienen de televisivos.

—¿Pero está bien?..¿Está bien, Jefe?¿Está bien?– insistían algunos del staff de planta, persiguiéndolo. 

Otros, apenas asomaban la nariz desde sus puertas y volvían a guardarse detrás, discretamente decontaminados de los riesgos voraces del afuera.

La cosa amainó después de un rato y todo regresó al diario vivir.

—Consíganme otro auto.– le dijo Azcuénaga al tipo de Logística.



Ella, cuando al final del día se encontraron después de todo el día de no verse, murmuró entre lo dulce y lo exigente: “Estoy mal ¿sabes? Es que he tenido un día infernal...Me acribillaron hoy”

Y él le respondió: “A mí también”¬.


(De:  Del trabajo de a-gente y otras leyendas urbanas)


Una mano tendida de Oscar d'Oliveira




Muchas gracias, Oscar.

Servicios sociales


Imagen 6 by Jono Islas

- ¡Por fin apareciste!

La exclamación continuaba el gesto de su mano, gesto anterior, vidrio por medio. 
Gesto, saludo, dedos largos y blancos moviéndose, mientras brillaba el esmalte perlado en las uñas de gata, "siempre afuera", pensó él, mientras le hacía también, vidrio por medio, un gesto estúpido y empujaba la puerta del ...¿Café, qué?...¿Ahí?.. había preguntado con una especie de sobresalto incómodo cuando ella le dijo con claridad donde lo esperaba.

Entonces empujó la puerta, como si empujara los recuerdos que lo esperaban en aquel interior, para estamparlos contra la pared larga, donde aún estaba la enorme biblioteca. Se abrió paso, sin ellos en el camino.

Y la miró.

Verónica había elegido el "piso alto", donde las pocas mesas se distribuían alrededor del piano, junto al gran ventanal que permitía ver toda la calle y que la calle viera también el interior del Café Literario (único en su especie como buen sueño) que perduraba aún como un recurso de la fantasía.

Los pocos artistas que quedaban todavía haciendo arte en la ciudad que se iba tragando todo con miseria, compartían los cafés melancólicos, el jazz y los fracasos, sentados en la semipenumbra de su ambiente con olor a papel de libro usado.

Subió los tres escaloncitos de madera que ya nadie enceraba, para acceder al podium, donde Verónica, con las piernas cruzadas, su largo aire de diosa entre mil gatos, y sus ojos lacustres y violentos recorría con metódica porfía el borde de la copa de cognac.

La tentación fue superior. Rozó el piano mientras pasaba y pudo adivinar la sonrisa de los labios con brillo y la pena en los ojos.

- Hola...-susurró.

Había muchos otros, Verónica lo sabía, que hubieran hecho el mismo trabajo. Pero no podía elegir a cualquiera. Necesitaba más de la confianza que del training en este caso especial.

Cuando escuchó su voz del otro lado, tuvo el convencimiento de que, si bien él ya no hacía esos "trabajos", había sido de los mejores en su época, cuando a ella le había llamado la atención esa rara serenidad de los santos que lo envolvía como en una capa mística y tremenda.

Lo miró allí de pie. Aún susurraba para hablar, como aquella primera vez en que lo escuchó decidir una muerte.

Aquella vez, ella, le había preguntado si rezaba, mientras silbaban balas alrededor del auto del Senador.
El la miró con suavidad de niño y dibujó una sonrisa breve, sin palabras.

El Senador le tenía una confianza ciega.

Y él al Senador.

Esos extraños romances que se dan entre los justos y los leales, hasta que uno de los dos muere y el otro queda suelto.

- Te quedan bien los cincuenta...- le dijo, mientras él se sentaba ante sus ojos y se acercaba el mozo. ¿Qué se va a servir el señor?

- Té.

Verónica sonrió.

-Otro...-pidió ella a su vez, extendiendo la copa de cognac hacia el joven que apuntaba el pedido.
Después regresó sus ojos al hombre.

- Necesito que cuides a un amigo, León.

No tenía mucho trámite cuando la preocupación le excedía el alma.

Èl no desplegó la baraja de pretextos por los cuales ya no trabajaba de esas cosas. Tampoco le dijo que estaba fuera del circuito, porque de ciertos circuitos no se sale nunca y no hubiera servido de nada tanta excusa.

Y "cuidar a un amigo" en la boca de Verónica era algo tan inusual como un grito en la suya.
Apenas hizo un gesto con la cabeza. Asintiendo.

-Tocame algo, León...- le pidió ella, al cabo del silencio, del nuevo cognac de brillos mareadores, de todos los recuerdos que volvían.

Y como en los recuerdos y en el mismo silencio de ellos, él se sentó al piano, como la última vez en que cuidó un amigo para Verónica. 


(De: Novelas robadas sin terminar)


Diario somalí

sweet nightmare by Puken

Áfricamía

El ruidoso pujar de un monstruo gemebundo se abalona en mis oídos.

Mi vida es una sucesión de ráfagas. Sacudones y ráfagas. Por instantes estoy vivo y por instantes no.

Cuando abro los ojos veo el cielo sobre mi cabeza, como un momento azul. Debajo de mí, sucede un terremoto. La tierra se sacude por debajo de mí, echado sobre una manta con olor a vómito y orina.

Estoy como en un bote lleno de gente ciega y muda, que viaja por los lomos de la tierra, montado en ese ruido a monstruo indefinible que parece habernos raptado de toda realidad.

Cuando abro los ojos veo a Angélica. Ella sostiene mi cabeza. La ajusta entre sus manos a la mullida dureza de sus piernas.

Cuando abro los ojos, Angélica me dice: shhh...shhh, como si fuera un niño al que debiera su voz calmar el miedo.

Si giro la cabeza veo gente.La gente acumulada en el bote. Superpuesta. Incómoda e inmóvil en su incomodidad.

Sobre mí y sobre nosotros, el alto cielo somalí continúa siendo un movible momento azul.

Tengo sed, como todos. Mucha sed.

Estoy semidesnudo y puedo ver las zonas tumefactas si me esfuerzo. Ese olor a podrido no es del monstruo que me gime debajo. Proviene de mí, de esas zonas mal cubiertas por apósitos negruzcos, de las que, las solícitas manos de Angélica, intentan espantar al mosquerío.

En la punta del bote, casi colgando en un ángulo de popa, viaja uno de los australianos. Me hace un gesto de OK, levantando el pulgar, y vuelve al estatismo de sus ojos que no miran el cielo, sino el camino por el que ruge el bote y queda atrás, arrasado por una polvareda rojiza y suspendida.

Entonces pienso que huímos de ella. Huímos de esa polvareda que nos sigue como un gas de tierra y que si nos cubre, se transformará en una rosada losa de polvo sepulcral.

Quiero hablar mas no puedo. Tengo la lengua hinchada por la fiebre y la sed y los labios abiertos en minúsculas heridas tensas.

Angélica me dice que por fin llegó a nosotros la Amisom y “nos trasladan, tío, nos trasladan...a un hospital, tío, a un hospital en Kenya. Te vas a curar, tío, aguanta un poco más, que te vas a curar, te vas a poner bueno, ya verás”.

Ella no sabe que de morir, quiero morir en África.

Es el único sitio en el mundo donde aún consigo creer que existe Dios.


(de julio a septiembre, 2011 – En Somalia Central, Cuerno de África- por si alguien no sabe donde queda Somalia)

Fuego negro



Voy y vuelvo del puto calabozo a la intemperie, varias veces al día, pero no me quiebro. Ni siquiera me doblo.

Ellos están convencidos de que tengo el umbral del dolor demasiado alto o de que no tengo umbral de dolor y soy un insensible.

De madera, dicen algunos, aunque tampoco el fuego me lastima. Entonces dicen: de metal.

Yo pienso que si me siguen exponiendo a la intensidad de estos infiernos y paso la prueba, voy a descubrir que mi metal no se reviene.

Ellos también notan que eso es posible. Que no podrán convertir mis moléculas en un metal revenido.

Como me encierro en mi propia resistencia, no saben si conviene tenerme al sol o a la sombra.
Parece que le diera lo mismo, dicen, el frío, el fuego, la soledad, el ruido, dormir, no dormir. 
Todo parece que le diera lo mismo.

Dicen que soy una especie de androide. Un Robocop. Dicen que soy un mutante. Dicen que no saben qué soy.

Me llevan y me traen de la jaula de chapa, donde restalla un verano iracundo, volviéndola un horno al que es imposible tocar con la piel.

No se explican como aguanto eso del sol a plomo todo el tiempo sobre mí, en ese infierno metálico anclado sobre un yermo que hierve.

Debería decirles que mientras ellos se encargan del sol, yo me encargo de la oscuridad .

(De: Back to black)

Imagen: by Mano Svanidze

Saludando a través de los barrotes

Poemario del minuto veinte (el resto)







Trasfundida que fue, ahora sonríe

y pronto sale el sol encima del abeto.


Aguas menores hubo y yo a los gritos

¿sigo escribiendo o no?¿sigo escribiendo?


Sigo, total, el día se aproxima

como un domingo enorme sobre un páramo
y rechinan los goznes de septiembre
en medio de las últimas historias.


Puedo escribir cien cuentos, cien poemas,

cien pájaros sin alas y sin canto
que revienten los fénix de su risa
e incendien el futuro con mi estopa.


Si no puede hacer eso mi talento,

si no pudiera regalarle un chorro
del río equinoccial en que navego
será que ya no sirvo
para encender las últimas candelas
en el papel dormido de su boca.


Pero no pierdo el don...y así, improviso.








Una hora de historia maratónica.


Hay un tipo al filo del desvelo

que no es insomnio,
es no dormir de noche.


Una hora de vida empapelada,

contada así, primicia de la luna
entre ruidos de cuerpos y bocinas
y gritos y quién sabe.


Una ciudad ebulle, allá, más lejos

de este estoy aquí, soy mi penumbra.


La noche está perpleja sobre el vidrio

en que la luz refracta su mortaja.


Aullo una vez más por Cenicienta

y rompo y pisoteo el zapatito.


Pero no queda historia.



Fin del cuento.


Saludando a través de los barrotes


Deletreo la noche de los solos,
tu aparente maldad,
la lucha por las causas sin remedio;

hasta que las palabras amanecen

escritas por la vida,
La jaula de los solos - Manuel Martinez Barcia




Poemario del minuto veinte

La soledad rebuzna en mis costillas.

Hay un tufo a ciudad en todas partes
y revienta el neón sobre los cuerpos
tostados de catinga, smog y asfalto.

Despedaza el gasoil a las palomas
que cagan sobre cientos de cabezas
como la más patriótica alimaña.

Acampa el mundo entero en cualquier lado
y todos se putean y se escupen
intercambiando puños de venganza
mientras se oye Cadena Nacional
para todos y todas.

La ciudad nos devora los pedazos
que nos cuelgan apenas del nosotros
y oculta los demás
los que dejamos a merced de la furia de los perros
en medio de la zanja del suburbio.

¿Qué nombre hay que ponerle a la derrota
para que luzca su medalla al mérito?

Trabajo bien, lo sé. Soy efectivo.

También se nace para basurero.






Ya me comí la papa. 
La herví durante un rato
y estoy apenas con el mate frío.

La gata se revuelca en los calzones
que acabo de planchar
- un hombre solo sabe hacer de todo
después de la milicia-
y ronronea clavándoles las uñas.

¿Qué pensara mi gata de su dueño?
¿Qué pensara mi dueña de su gato?
¿Quién será el gato entre mi gata y yo?

Escucho Gary Moore cuando estoy solo
y casi no hacen ruido los vecinos.

Me vuelvo correoso y paso sebo
para que deje de chirriar el alma
metida entre los tajos de mi mente.






Tengo dos celulares y dos computadoras.

Unos para el trabajo y otros para el placer
pero los mezclo como a varias sombras
en un cóctel nocturno de excrementos.

Hago y escribo porquería unísona
como si me confesara a lo católico
con un Dios que ha acampado en mi retrete.

El teléfono suena como un niño
que le tiene temor a los fantasmas.
Suena y suena, diez veces, quince, veinte
y todo es un ritmado monosílabo.

Un teclado en hebreo se confunde
con esta boca sucia y este cielo
más sucio que mi boca.

También escribo versos
en la segunda máquina, mi Toshi.

Debo tener más de un demonio adentro
pero no se me notan cuando canto.




Me salen comentarios en el medio.

- ¿De repente, será?

- Redepente es lo mismo, pero en joda
diría el Chavo del 8.
(No sé si lo conocen en España)-
le contesto y sonrío como un muchacho malo
que ha cortado una rosa
y la mastica.

¿Qué hago con la noche entre las sienes?

Me voy a cualquier parte en donde no esté yo
mientras escucho
lo que sucede en Siria y leo Aurora.

Remo al revés la vida.

¿Cuál es mi patria hoy?

Este posteo.





Dice que no le cuento donde habito.

Que estoy como una ortiga, 
un ser sin alas
que se cosió la boca 
y se amputó de pronto la caricia
que había en los dedos de teclear.

Después, una pelea ambigua, pelotuda
como un tira y afloja entre dos trenes.

Descarrila la paz. 
Vuelve la tregua.

Dice que no le cuento donde habita
esta parte de mí que no conoce.

No quiero que se escape de mi lengua
el agua curativa de su boca.
Pero es mujer y a veces, también hace
de mujer que es mujer. 

A mí me jode.

No me gusta que despierte al cínico
cuando logré dormirlo en otro charco.








Acción y reacción van paralelas.

La huelga de los subtes, los discursos,
las órdenes, las pajas, los idiotas...

Y uno se pone cada vez más fétido
más promiscuo
oloriento a ciudadano
con ganas de salir a cazar forros
y colgarlos del cuello hasta la muerte.

Me han mandado una luna en un idioma
azul y perentorio.
Desde la rigidez paso al descanso.
Aflojo la postura
alzo los ojos
y se me cae al suelo una sonrisa
encima de septiembre.

La recojo. La pego. La conservo.

La noche se reclina como un simio
dentro de un largo orgasmo de silencio.





Hace ya más de un mes que quedé viudo.

¿Me escucharon llorar por los rincones?

Quizás es un defecto esta cultura,
este extraño dolor disciplinado
que me mantiene en pie como una estatua
o más firme aún que un granadero.

Me quedé viudo, sí. Me quedé viudo
y sigo con mis mundos y mis mierdas
en una soledad abrumadora
más solo que la una.

Loco malo y austero. Loco malo
como animal que espera en la penumbra
a la voz de ese dueño que no tiene.

Todos somos un niño en los zapatos
de llevar el dolor.

Pero si tengo que decir la justa
yo nunca tuve espacio de ser chico
y sí, ordenadito para todo.

No busco el tiempo de seguir llorando
porque juego a las cartas con la muerte
y la voy trucar mientras me mira.

Nunca mato de espaldas a mi espejo.



Imágenes: JM Ballesteros - Denis Olivier

Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Chocolate bombón

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

Registrados... y publicados, además.

Safe Creative #1006060192036

Todos los derechos están reservados

Safe Creative #1209172351784

Feria del Libro de Jerusalem - 2013

Feria del Libro de Jerusalem - 2013
Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe