Saludando a través de los barrotes

Poemario del minuto veinte (el resto)







Trasfundida que fue, ahora sonríe

y pronto sale el sol encima del abeto.


Aguas menores hubo y yo a los gritos

¿sigo escribiendo o no?¿sigo escribiendo?


Sigo, total, el día se aproxima

como un domingo enorme sobre un páramo
y rechinan los goznes de septiembre
en medio de las últimas historias.


Puedo escribir cien cuentos, cien poemas,

cien pájaros sin alas y sin canto
que revienten los fénix de su risa
e incendien el futuro con mi estopa.


Si no puede hacer eso mi talento,

si no pudiera regalarle un chorro
del río equinoccial en que navego
será que ya no sirvo
para encender las últimas candelas
en el papel dormido de su boca.


Pero no pierdo el don...y así, improviso.








Una hora de historia maratónica.


Hay un tipo al filo del desvelo

que no es insomnio,
es no dormir de noche.


Una hora de vida empapelada,

contada así, primicia de la luna
entre ruidos de cuerpos y bocinas
y gritos y quién sabe.


Una ciudad ebulle, allá, más lejos

de este estoy aquí, soy mi penumbra.


La noche está perpleja sobre el vidrio

en que la luz refracta su mortaja.


Aullo una vez más por Cenicienta

y rompo y pisoteo el zapatito.


Pero no queda historia.



Fin del cuento.


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