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Imagen 6 by Jono Islas

- ¡Por fin apareciste!

La exclamación continuaba el gesto de su mano, gesto anterior, vidrio por medio. 
Gesto, saludo, dedos largos y blancos moviéndose, mientras brillaba el esmalte perlado en las uñas de gata, "siempre afuera", pensó él, mientras le hacía también, vidrio por medio, un gesto estúpido y empujaba la puerta del ...¿Café, qué?...¿Ahí?.. había preguntado con una especie de sobresalto incómodo cuando ella le dijo con claridad donde lo esperaba.

Entonces empujó la puerta, como si empujara los recuerdos que lo esperaban en aquel interior, para estamparlos contra la pared larga, donde aún estaba la enorme biblioteca. Se abrió paso, sin ellos en el camino.

Y la miró.

Verónica había elegido el "piso alto", donde las pocas mesas se distribuían alrededor del piano, junto al gran ventanal que permitía ver toda la calle y que la calle viera también el interior del Café Literario (único en su especie como buen sueño) que perduraba aún como un recurso de la fantasía.

Los pocos artistas que quedaban todavía haciendo arte en la ciudad que se iba tragando todo con miseria, compartían los cafés melancólicos, el jazz y los fracasos, sentados en la semipenumbra de su ambiente con olor a papel de libro usado.

Subió los tres escaloncitos de madera que ya nadie enceraba, para acceder al podium, donde Verónica, con las piernas cruzadas, su largo aire de diosa entre mil gatos, y sus ojos lacustres y violentos recorría con metódica porfía el borde de la copa de cognac.

La tentación fue superior. Rozó el piano mientras pasaba y pudo adivinar la sonrisa de los labios con brillo y la pena en los ojos.

- Hola...-susurró.

Había muchos otros, Verónica lo sabía, que hubieran hecho el mismo trabajo. Pero no podía elegir a cualquiera. Necesitaba más de la confianza que del training en este caso especial.

Cuando escuchó su voz del otro lado, tuvo el convencimiento de que, si bien él ya no hacía esos "trabajos", había sido de los mejores en su época, cuando a ella le había llamado la atención esa rara serenidad de los santos que lo envolvía como en una capa mística y tremenda.

Lo miró allí de pie. Aún susurraba para hablar, como aquella primera vez en que lo escuchó decidir una muerte.

Aquella vez, ella, le había preguntado si rezaba, mientras silbaban balas alrededor del auto del Senador.
El la miró con suavidad de niño y dibujó una sonrisa breve, sin palabras.

El Senador le tenía una confianza ciega.

Y él al Senador.

Esos extraños romances que se dan entre los justos y los leales, hasta que uno de los dos muere y el otro queda suelto.

- Te quedan bien los cincuenta...- le dijo, mientras él se sentaba ante sus ojos y se acercaba el mozo. ¿Qué se va a servir el señor?

- Té.

Verónica sonrió.

-Otro...-pidió ella a su vez, extendiendo la copa de cognac hacia el joven que apuntaba el pedido.
Después regresó sus ojos al hombre.

- Necesito que cuides a un amigo, León.

No tenía mucho trámite cuando la preocupación le excedía el alma.

Èl no desplegó la baraja de pretextos por los cuales ya no trabajaba de esas cosas. Tampoco le dijo que estaba fuera del circuito, porque de ciertos circuitos no se sale nunca y no hubiera servido de nada tanta excusa.

Y "cuidar a un amigo" en la boca de Verónica era algo tan inusual como un grito en la suya.
Apenas hizo un gesto con la cabeza. Asintiendo.

-Tocame algo, León...- le pidió ella, al cabo del silencio, del nuevo cognac de brillos mareadores, de todos los recuerdos que volvían.

Y como en los recuerdos y en el mismo silencio de ellos, él se sentó al piano, como la última vez en que cuidó un amigo para Verónica. 


(De: Novelas robadas sin terminar)


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