Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Babel


El único médico que había sobrevivido al primero de los bombardeos, murió durante el segundo.

Como si aquella hubiera sido la única misión de los aviones, no hubo otro bombardeo ni tampoco otro médico y el Pueblo de los Siete Campanarios quedó sumido en un estatismo fantasmagórico y derrumbado, lleno de heridos y de gente muerta.

Se recuperó, no obstante, aunque para marchar por él había que sortear toda suerte de desechos y mamposterías que empedraban con trozos de casas de cal, callejas y recovecos.

Pasado tiempo desde aquel hecho, una atmósfera inmóvil se había asentado sobre todas las cosas, como el polvo sobre los derrumbes.

Los milicianos sostenían que el ejército, al ver al pueblo desde el aire, se había convencido que bajo aquel montón de ruinas polvorientas ya no quedaba nada más de aquello poco que había dejado el mar cuando decidió volverse sobre el pueblo y taparlo con agua, tiempo antes de que el otro bando decidiera taparlo con bombas.

Los más viejos decían que las campanas habían llamado a los aviones. Que el mar había dejado las campanas para que los aviones las escucharan sonar y llegaran a terminar lo que él no pudo, por eso aún seguían sonando, en la lóbrega noche del páramo, como las viudas que lloran a sus muertos o los perros que aúllan con hambre de luna.

La hermana Piadosa relataba aquello muy a menudo. Parecía el único recuerdo adherido a sus labios secos que casi no se movían dentro de un rostro que tampoco se movía. Como el recuerdo único en sus labios, paralizado el rostro también a otras expresiones que no fueran las de aquel último bombardeo después del cual Dios los dejó solos, la hermana Piadosa parecía una figurita de cartón corrugado. Había dejado de hablar hasta con la otra misionera, Bernarda, de algo que no fuera aquel bombardeo en que murió el último médico del que tuvieron noticias.

Para curar a los habitantes, las misioneras tuvieron que buscar, entre el derrumbe, las hojas de los deshechos libros de medicina que el médico muerto tenía en su armario y guiarse por las figuras, porque estaban escritos en un idioma que ellas no conocían.

(fragmento)

De: La muerte desde el páramo - ed. 2012


2 comentarios:

  1. Tenias la mirada llena de barcos.
    Dabas de comer
    a los perros del parque
    y te sabias de memoria el numero
    de arboles

    Gavrí,tú tienes una especie de paraíso tuyo en el que no se dicen palabras.

    ResponderEliminar
  2. Ojalá fuera cierto. Lo disimulo bien si fuera así, con esta mala costumbre de pasarme hablando todo el tiempo del infierno.

    Novelas de aquellas épocas. Memorias del corazón.

    Todâ rabâ

    ResponderEliminar

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Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

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1a. edición - bilingüe