De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma VIII)





Contrarreflejo

Alguna vez fui un ruiseñor de plástico o un caballo de arena. Las ruinas de un templo sin dioses ni devotos que el desierto enterró por inservible y una gota de agua que se seca encima de una piedra calcinada. Se evapora y ya está.
Así mi infancia.

Una anécdota quieta en la contratapa que alguien le arrancó al libro de la vida. Una pavesa que no tuvo pabilo. Un rato de pasión entre dos sombras que jamás se vieron en la oscuridad.

Así mi infancia.

Una dulce migración de historias no protagonizadas y un canto a la deriva dentro de un caracol roto y desde el que se escapa el sonido del mar.

Igual soy mis ganas de vivir, aferrado a mí mismo como este huérfano que soy. No me dejo morir por mi conmigo ni que me mate a plazos para ayudar a que me tengan pena. No ando de suicida suicidándome sin suicidarme nunca por si acaso no vea el resultado que mis notas póstumas causan sobre la mesa de los otros.

Me gusta lo rotundo, lo que existe, lo que mantiene siempre el mismo status de cosa que sostiene. He visto tanta muerte que me aferro desesperadamente a honrar la vida.

Así mi madurez.

Un pensador de piedra que guarda en sí el corazón de sus caballos antes de que se disgregue la voz del ruiseñor clavado por la espina del silencio.

(De: Poiesis)
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