Hebras


En su sueño había olor a té. Un té manso, profundo té de cabellera negra, de hebras cortadas como si fueran de trenza de mujer para que, ya en la guerra, libere de todo mal al miliciano que la guarda en su pecho. Pelos de té sensible y perfumado. Un conjuro de té. Cabello que se enhebra en los dedos del sueño y acaricia los labios con su infusión madura que late en los castaños más locuaces y en los rojizos de lo destemplado.

Olor a té en el sueño, como si el té viviera y pudiera extender sus hojas curativas hechas todas de rocío astringente y de taninos. Olor a té casi tan recio como el olor a sangre.

Irena Contidis dijo shhhh, shhhh, la misma cantidad de veces que usaba para todos los milicianos, cuando se incorporaban en su lecho de heridos gimiendo bruscamente, saliendo del letargo con un grito animal, para cazar sus almas vagabundas que pugnaban por abandonarlos.

Shhhh, shhhh...y apretó el cuerpo del hombre contra el colchón mojado en el agua de las pesadillas, que olía como a infierno y a muy sucio, ese hedor reconcentrado del sudor y la baba que cae cuando se llora casi todas las noches.

Jael abrió los ojos y la enfermera le hizo un gesto pacífico, meciendo el jarro de lata como si fuera una campana llena.

(fragmento- La muerte desde el páramo- ed 2012)

Imagen: Album de la tropa
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