Inframundo


En los subterráneos, luego del desembarco, las camas se enfilaban como si fueran tumbas dispuestas sin orden dentro de una cripta funeraria.

Los milicianos habían mudado a todos los heridos a aquel lugar y casi era imposible caminar por él cuando el pueblo también se refugió allí, al amparo de sus paredes de roca.

El poco aire que alcanzaba a meterse entre las piedras, traía olores húmedos, salitrosos, como si una corriente submarina amenazara desde fuera los cimientos del edificio a medio derrumbar. Era un aire espeso, en el que se mezclaba el olor a carne descompuesta y a excrementos con el vaho ansioso de las respiraciones y el vagido itinerante de los niños.

La luz temblaba, precaria y vacilante, de modo que la mayor parte del tiempo, todo era oscuridad.

El estruendo, sin embargo, remeció la solidez rocosa de aquel refugio y espantó los demás sonidos como una vibración que se prolongara bajo tierra, en una palpitación descomunal.

—Las minas...las minas...–balbucearon algunos milicianos heridos, dentro de la oscuridad con que la explosión atrapó a la luz, sumiendo a todos sólo en el sonido.

El pueblo bajo el hospital, escuchó nuevamente.

Eran truenos lejanos, rayos que se clavaban con todo su poder en la tierra y se extendían a través de ella, como una pulsación de sangre enferma que lo sacudiera todo.

En aquella oscuridad purulenta y maloliente, las madres cubrieron las cabezas de sus hijos, las mujeres se abrazaron a sus hombres ancianos, y toda relación humana fue esa necesidad desesperada de contacto y temblor, que se transmitía, como los estruendos, de cuerpo en cuerpo, de calor en calor, de gemido en gemido.

—Tanques...deben ser los blindados.– se decían unos a otros los milicianos heridos y postrados en sus colchones, buscando en la oscuridad las armas que ya no tenían a su costado.

A nadie le cupo dudas de que era el temido asalto al gasoducto.

¿Qué podría hacer el puñado de milicianos contra los tanques del invasor?  Mal armados, mal vestidos, mal comidos ¿cómo resistir aquella fuerza que ya había arrasado lugares mejor defendidos que aquel pueblo en ruinas, con sus habitantes en ruinas y su milicia en ruinas?

Los hombres que podían aún luchar se arrastraron hacia la salida, tanteando en la oscuridad y pisando a los civiles que se apilaban unos contra otros.

La voluntaria Irena les suplicó que se quedaran allí. Que protegieran a toda esa gente aterrada de la muerte segura que les sobrevendría en cuanto se quebrara la resistencia de los defensores en la línea del puente.

Había oído las historias de masacres que contaban los milicianos que ya las habían vivido en sus propios pueblos.

Se las había imaginado en sus noches de guerra, cuando aquel lugar de su voluntariado  dejó de ser un refugio tranquilo en el que nada sucedía.

Fue así que Irena comenzó a escuchar los estruendos que viajaban por la comba del cielo y que sonaban cada vez más próximos.

En un comienzo le había parecido que aquello era sólo una impresión de su mente. Que lo eran esos sonidos huecos, como eternas tormentas en un horizonte de humo y resplandores que se divisaba mal desde la altura del páramo hacia todos los puntos cardinales donde se combatía, al mismo tiempo tan lejos y tan cerca de allí.

En el transcurso de alguna conversación al pasar, Jael la había oído comentándolo. Esas explosiones, había dicho Irena, ese tronar contínuo que recoge el cielo.

—Artillería, sestra. Fuego de artillería.– le había puesto nombre el comandante.

Todo tenía nombre en la guerra. Todos los sonidos tenían un nombre, una marca, un origen y un destino.

—Da igual allá o acá. Todos vamos a morir cuando tomen el puente.– habían respondido los milicianos al pedido de Irena, como si desde siempre supieran que su esfuerzo de defensa era una cosa inútil y que estaban allí para morir protegiendo una posición indefendible.

Ella vio al pequeño grupo abandonar el resguardo de aquellas catacumbas, como una reunión de flacos animales que trotara perfilada en la oscuridad.

Largo rato más tarde tomó conciencia de la hondura del silencio.

La tierra había dejado de vibrar en su temblor pulsátil y una vacuidad morbosa e invasiva corría bajo ella, como antes había corrido la vibración.

Pensó en una mortaja, una mortaja basta, inculta, como la que envolvía los cadáveres de milicianos muertos, echada repentinamente sobre todos los que ocupaban aquella tumba de piedra subterránea.

La gente, como la tierra, también había dejado de gemir y todo era un suspenso de sonidos. A través de él, llegaba imperturbable, el ronquido del mar.

—El silencio aterra más que el ruido.

La voz de Rima sacó a la voluntaria de aquella quietud seca en la que el tiempo parecía una sarcófago.

La luz titiló con turbiedad, cediendo a la insistencia de los generadores a punto de agotarse, como un último esfuerzo para que las personas se vieran aún vivas, allí, por última vez.

—¿Qué crees que sucede?

Irena miró a la muchacha que observaba los recovecos de las criptas, donde estatuas de íconos se acumulaban, rotas y mudas, testigos del antiguo pasado religioso del hospital de sangre, mientras preguntaba lo que ella misma no alcanzaba a imaginar.

—Quizás se rindieron...– agregó.

—No. Los milicianos jamás se rinden.– la aleccionó Rima– Combaten por su honor.

—Entonces les han matado. No se escucha el combate.

—De ser así, habrían volado el puente...Quizás fue un animal o varios...O una patrulla que cruzara el bosque y entró donde las minas. Es algo que no podremos saber desde aquí.

Entonces esperaron en un hilo de tiempo que se petrificó lentamente en sus alientos y en sus manos, en sus ojos y en sus temblores, como si fueran todos transformándose, paulatinamente, en parte de esos íconos rotos que la cripta albergaba a la espera de un Dios que no iba a regresar por ellos.


(De: La muerte desde el páramo- ed 2012)
Publicar un comentario

Chocolate bombón