Los pájaros golpeados


El Escriba tiene en los músculos esa impaciencia de todo animal joven que necesita probarse en la entereza.

No puede dormir adentro del silencio de la enorme sabana,  así que anda, siguiendo un rastro que se le pierde a ratos y que su compañero recupera, supone El Escriba que por olfato y tacto, mas que por ver con esos ojos zarcos que parecen ser ciegos.

Camina en el afuera de su oscuridad propia, en otra oscuridad en que cada segundo es importante, vital, tan necesario que no puede dejarse a la deriva.

Hace muy pocos días que estrena el “capitán” que nadie dice en un grupo sin rangos y no lo asume aún. Piensa en su abuelo mientras anda y anda, trotando de costado en las estrellas que caen en su mundo paradójico.

Todo en El Escriba es una paradoja sin remedio de la que se hace cargo.

Piensa en Von para olvidar las llagas que tantas horas de andar le van abriendo encima de las otras, pero es parte del juego de ser él, luchar contra el dolor ácido y firme que le envuelve los pies bajo las medias.

Kimbu, su compañero, es un joven descalzo. Un animal febril,  ágil y bruno, que salta y habla mucho, como un niño que desea que le cuenten cuentos.

Mokèlé-mbèmbé insistió en que lo llevara, porque nadie conoce el camino de esos hombres mejor que ese muchacho con el que ahora El Escriba comparte tierra y noche.

Es una voz en cierto modo afónica y quejuna, que insiste en explicarle las tragedias y le cuenta –otra vez– como empezó a morir la gente de las aldeas de la línea de agua.

Von demoró en entender qué sucedía porque en esos lugares suceden muchas cosas, todas terribles, y todas pueden ser producto del desastre o producto del mal. Así que Von demoró en comprender la magnitud del caos que enfrentaba.

En su mente de hombre bueno no cabían hipótesis horrendas aún cuando también las barajaba entre las otras que enfrenta todo médico de crisis, dentro de la lógica horrorosa.

Cuando alzó al fin la voz, no lo escucharon. Fue entonces que gritó –había dicho Mokèlé-mbèmbé y ahora repetía el compañero de los ojos zarcos que guiaba al Escriba– y fue al gobierno y a la justicia y como nadie lo escuchaba, cruzó líneas y de ser por Von, hasta Dios mismo hubieran llegado sus reclamos.

El Escriba desvía los ojos y mira al muchacho que continúa hablando como quien cuenta cuentos.

Llegó tan alto con sus gritos y con sus cartas y con sus documentos y con sus reclamaciones, que ese hombre delgaducho y pálido, de gafas tan gruesas que impedían distinguir el color de sus ojos y que andaba de guardapolvo blanco por su pequeño mundo de personas sin sanidad ni pan, se transformó en un hombre peligroso. Así, tan aparente-mente anodino y médico en la nada como Von era, también era un hombre sin temores y un investigador reconocido, cuyos trabajos sobre enfermedades en el África se publicaban en sitios prestigiosos y eran atendidos por la OMS.

—El que viene al África, sabe que en cualquier momento puede morir. No es un lugar seguro este lugar.– había dicho Mokèlé-mbèmbé, antes de despedirse del Escriba y de su acompañante– Los que quieren volar, son apedreados. Procura no ser el próximo en la lista que Von encabeza, debido a “este asunto”, Licaón.

El Escriba camina como un pájaro que va dibujando la noche con su sangre.

Sabe que llega tarde a los pasos de Von.

Sabe que los que se llevaron a Von, también llevan ventaja.

Sabe que solamente debe hacer contacto y mandar a Kimbu de regreso con las coordenadas, para que alguien venga por los dos, si acaso siguen vivos para entonces.

En la oscuridad, El Escriba es un perro que corre tras un olor perdido y que por momentos quisiera tener alas.

(De: Fotografía de Von)




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