No mato mensajeros


La bestia parda arrima, cautelosa,
su zarpa en la penumbra de la gruta.

-Hay sonidos al fondo de su instinto-.

Suena un tambor en guerra y baldaquines
y el murmullo veloz de cortesanos
en su baile de máscaras.

La bestia parda observa
los diferentes bandos
clavados en la plaza con clavitos de oro que aún brillan
sin remachar y sin enmohecerse.
Es que aún no ha llovido la limosna,
solo el circo y el pan.

La bestia parda lee. Sabe leer y lee
los bandos uno a uno
con sus ojos de bestia demolida
en el austero acto de ser bestia.

Lee sin incredulidad, sin esperanza,
sin arrojo, sin furia, sin deseo.
Lee lo que está escrito y huele el aire:
Amenaza tormenta. No hay cobijo.

No mata al mensajero.
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