Apendicitis crónicas (las páginas colgantes)

TEORÍA DE LA PROSA - IRRESPONSABILIDAD DEL VERSO - IMAGINACIÓN DEL ENSAYO - INCERTIDUMBRE DE LA REFLEXIÓN

Climática nocturna




Impracticable impráctico el tan lejos
y el tan cerca, tan cerca,

que en el roce
 de la piel de tu boca está lo claro 
de una noche sin lunas 
y un silencio se ensancha
de ríos fecundados y corazón, 
tejiendo.

¿Qué late en el desborde de tus ojos
pestañas más allá de las histerias,
sino lo sereno y lo maduro
que esparce la pasión de imaginar?

Te invento, te fabrico, te prolijo,
te visto, te desnudo, te masturbo,
peino la estrella redonda de tus nalgas
y la hinchazón de viento de tu pelo.

Nace tu voluntad de desarraigo
como una aparición indecorosa

y en medio de las líneas con que escribo
planta un árbol con sombra de metralla
y ata un cordero negro
y suelta un ave que aún no tiene nombre.

Va de página en página tu pie
llevando una candela
incendiaria y tenaz 
toda de brújulas

y corro en los pasillos de tu verso
como un antiguo gladiador romano
que busca ser liberto en la mañana.

La noche
nos exime de las milagrerías
y de contarnos cuentos de profetas
o leyendas urbanas sin el agravio de la necesidad.

Somos 
una imaginación que se desborda
con el roce tardío de la letra.

Imagen: Foggy in my mind by Kyo Gotmilk

El cántaro de carne


Pasado el primer momento de estupor, Von evita mirar hacia el rincón donde la penumbra oculta el bulto blancuzco en una combinatoria de luces y sombras.

Echado en el rincón aquel, desde el ángulo opuesto en el que Von se ha refugiado aferrando su saco contra el rostro como si se protegiera de un estallido o de un gas venenoso, el bulto da la impresión de ser un cántaro tumbado en posición incómoda.

Es una vasija inclinada, tizosa, caliza, caída casi sobre sus tallados, que aparecen coloreados e imprecisos, entre rojizos y grises sobre un fondo de color harinoso y sucio.

Permanece como un frasco canópico, olvidada a los descubridores de tesoros.

Von, desde el ángulo contrario, desvía los ojos cuando éstos intentan buscar aquel rincón.

Podría haber sido un frasco canópico o el resto de un hombre enterrado hasta el cuello y de quien solamente queda fuera de la tierra la cabeza para que los insectos y animales la devoren.

Podría haber sido una pelota desinflada y rota o un ídolo antiguo, robado por los "mapepo" y oculto allí, en el mismo lugar donde habían ocultado a este Von que se cubre los ojos y la boca con el sabor a tierra impregnado en el saco de su traje.

Comparten el espacio, cántaro y profesor.

Comparten el aire oscuro y caluroso y el febril laborar de las hormigas que empiezan a invadir, como las moscas, el rincón y la choza.

Pero afuera se ha instaurado un silencio que antes no existía. Un silencio opresivo, sigiloso, despeñado desde el follaje sobre el claro de tierra de la aldea donde no quedan vivos que se escuchen sino esa especie de silencio vertical que poseen los pequeños cementerios.

Von se arrastra otra vez hacia el ventanuco para observar que pasa en el afuera y no ve a nadie. Los "mapepo" no están alrededor ni se oyen las únicas dos mujeres que sobrevivieron, como si el que quedara dentro del cementerio, fuera sólo ese abandonado profesor acompañado por el cántaro roto.

Von titubea sin cobardía. Sólo titubea mientras se acerca a la entrada donde siempre está el guardia y otea como puede desde uno y otro ángulo hasta que repentinamente la figura y el profesor chocan sobre la luz.

Von retrocede con un grito asonoro y mira al nuevo participante de la historia. Lo mira sin decidirse por la sorpresa o por el temor, mientras el cuerpo del guardia resbala de los brazos que antes lo sujetaban y ahora lo liberan.

Von ve caer al cuerpo como un fláccido atado de músculos vacíos y permanece allí, impávido ángel luctuoso, presenciando la escena de esa muerte como si fuera parte de sus diarias rutinas.

—Apúrese, profesor…No tenemos tiempo. Vengo a sacarlo de aquí.– murmura el homicida.

Von titubea, pero las mismas manos que acaban de quebrar el cuello del guardia, lo sujetan y lo atraen al claro y al calor para emprender el escape mientras los "mapepo" se ocupan de batir el verde buscando otros posibles salvadores que acompañaran a Kimbu en el frustrado rescate.

—Espéreme…un momento…

Von vuelve a la choza, busca el cántaro y lo sujeta con una mano. Sale a la luz del sol, nuevamente.

—No puedo irme sin él.– dice, mientras enseña la cabeza de Kimbu al hombre que lo espera y que apenas hace un gesto de asombro.

El profesor la envuelve entre los pliegues del saco, amorosamente, y la aprieta contra el pecho mientras corren hacia el interior junglar, verde y profuso.

(De: Fotografía de Von)






Remuneración discorde a servicio



Nunca entendiste esta realidad sórdida.

No supiste leer entre los negros la vocación voraz por la negrura y preferiste ciertos caireles de cristal transparente que hicieran glin, glin, glin, cuando la señora que limpia les pasa el trapo.

No entendiste a esta bestia que mató los futuros cuando estaba en el vientre de su madre y nació en su pasado, como un presente sin amamantar que nunca ocurrirá.

No entendiste la lástima que siente el predador mientras despedaza gozoso los bocados que ingurgitan su hiel. 

Ubicada en tu sombra, como una muñeca que enviudó sin casarse porque nunca te compraron un muñeco que te hiciera de novio, así estamos, una muñeca viuda y un animal cansado que la mira y le lame algunas veces las mejillas llorosas, cuando aprieta la sed.

¿Qué podés pedirle a un adefesio?¿Qué sea algo más que un adefesio dotado de un enorme poder de imaginar?

A veces pienso que en vez de ese silencio peculiarmente estricto después de tantos gracias, hubiera preferido diluir suavemente la voz hasta que se apagara. Diluirla también en el silencio, evitando de esa forma imaginar que, como alguna vez te dije, “hacés cualquier cosa para conseguir tu objetivo y te servís de todos si te sirven para tal fin, incluyendo en ese todos también a un enemigo como yo".

De tanto en tanto veo que regresás a mí, como los puertos.

Allí está tu silencio inspeccionando en mis costumbres y te miro mirar, sin provocarte y sin que me provoques. Ya hice mi trabajo, pienso siempre. Ese que te sirvió y del que te serviste. Ya hice mi trabajo y vos dijiste innumerables gracias numerados por tu satisfacción de ver ¡por fin! algo bien hecho que nadie hizo por vos antes que yo.

Pero la paga es esta: un mutante en estado de usufructo.

Te serví como un muy oportuno idiota útil.

No pienses que me quejo.  

Felizmente, yo, hace ya mucho tiempo que perdí el interés por observarte.


(De: Back to black)

Pasaje hacia el silencio


—Me dejás solo. Te bajás del barco como las ratas…– le había dicho Netri cuando terminó de leer los considerandos de la renuncia, esta vez indeclinable, con la que tuvo el desagrado de desayunar, frente a frente con él, en un desayuno que no fue de trabajo.

—Me bajo del barco “de las ratas”, querrás decir.– corrigió a Netri, sin inflexiones que denotaran otra cosa más allá de lo que decía– Vos deberías hacer lo mismo si no querés pasar a la historia deshonrosamente.

La palabra hizo su efecto y sobrevino el silencio.

*

Las historias no importan sino el impacto de vivirlas. Eso es lo que moldea el dolor: la curiosa vitalidad que provoca en algunos el filoso ejercicio del sufrimiento. Saber sufrir es un arte porque el sufrimiento es la antesala de la destrucción.  

—De la moral…de la destrucción moral.– aclaro, escaso de humor y observando desde el ventanal del bar grasiento una calle sin nombre en la que se acumula la basura.

—No me jodas. Te me venís a poner en filósofo ahora…¿Sos un apólogo de la carencia humana o qué?

La consumición la pago yo y salimos a la noche barata del suburbio.

Somos dos chicos malos en un callejón sin salida y pensando en quién es el más ágil para saltar el paredón y transformarse en un pedazo de amorfa oscuridad.

Somos dos chicos malos en la misma encrucijada en la que desembocó nuestra carrera hacia adelante (como son todas las carreras) porque ambos imaginábamos que las salidas quedan delante de lo que intentamos dejar atrás.

Somos dos chicos malos que se mantienen a tiempo de disparo, exilados del bien, mirándose y midiéndose en una indefectible equiparación de carencias.

Nadie se salva cuando lo que se derrumba es la mirada que uno intenta mantener en el espejo.

—Bueno ¿y? ¿No me vas a matar?

Mientras le apunto, yo recuerdo Liberia.

El gatillo cede con la misma suavidad de un gato que se curva ronroneando debajo de la mano que le desliza una caricia y se escucha el click, solamente click.

—¿No me vas a matar? ¿Cuervo, no me vas a matar?

Guardo la pistola y me voy.

Mientras me voy susurro: Perdoname loco, no te veo ¿Te digo la verdad? No le acierto jamás a gente muerta.

Antes de subir al auto oigo el disparo.

Alguien que no le importa a nadie acaba de morir dentro de un callejón.


(De: Back to black)


 Imagen: El soñador sigue durmiendo by S. Fromthehead

Troncal



Estábamos al pie del universo como dos brevas rotas.

Dos brevas místicas para fundar otra vez la higuera ardiente
con nuestro fuego
 hecho de eclipses pálidos y de víctimas huecas
y de sillones desde donde las abuelas del mundo
cantan pasas y almendras.

Nos mecíamos, frutales y planetarios,
en una deriva sin recodos,
en un mar de saliva malgastada,
en el lomo de un beso a medio hacer entre la prisa
y la incertidumbre.

Exponíamos el corazón semilloso y rojizo
con la dulzura joven
crédulos como un apósito encima de una boca de sniper
sangrantes y prolíficos en fe.

Nos volvimos oscuros casi sin darnos cuenta,
como un lunar morado
que se transforma en un lento tumor. 

Nos quejamos ahora de la vasija de los higos secos,
un vicio de solos que odian la compañía de los vivos.


De: La temblorosa opacidad


Simbología del dolor profundo


Imagen del genocidio hutu


Uno muere en su piel. Muere en su arte como un bichito gordo rondando una bombita de cien vatios, porque esa es su elección. Se hace ceniza desde el tiempo a la boca, hilando libros que lo cuentan de espaldas. Es feliz con lo puesto y lo inventado, porque para vestirse está el invento y para desnudarse la palabra. El dolor y el pasado conjugan en presente. Y como en el hebreo, no existe en esa conjugación el verbo estar. O ser. Ani aluf mishné...para lo que me sirve en estas circunstancias en que no consigo mandar siquiera sobre lo que me duele o lo que siento.

En el fondo de mí hay sólo un náufrago. O un buzo que se ahoga. D-os dirá.

(De: El ardid de la sombra)

Té de rosas



A veces pienso que sus uñas rasgan la oscuridad y que las letras con las que escribe sus espacios de miedo son justamente eso, rajaduras, arañazos feroces sobre una densa y feroz oscuridad.

Sale luz por ahí, una luz pálida llena de vientos de nevisca. Una luz como un soplo que cruza desde un polo al opuesto, como un cometa errático, febril y errático, brillante, nebuloso y envolvente.

Su esplendor se desarma en muchas lágrimas y el cometa termina siendo un río en que ahogar los peces y los pájaros con un suave movimiento de hacha que corta una tormenta.

Todo es estrépito en su metamorfosis.

Oscuridad que canta. Oscuridad que llora. Replique gutural de un alarido derrocador de estrellas que sobre el papel se despatarra en esta lluvia de letras apedreadas.

A veces me imagino que deambula entre un cultivar de rosas negras y que en una hornacina de hierro guarda hirviendo un eterno sirope de pétalos morunos.

Con él se pintará los labios el día que me bese.

(De: Poiesis)

Imgen: Voces by Sebastian Tabuteaud

Sobre dioses y causas


Desde que volvió le pusieron La Terca, dice, pero se llama Clarinda del Carmen, Costa de apellido, por la Virgencita del Carmen lo del Carmen, aclara, que ella le pedía a la Virgencita que fuera y le pidiera a Dios que las sacara de ahí y fue la Virgencita nomás y Dios, sonríe y lo mira como a un santito de ermita, vino.

Y sí, dice después, acá, lo que se ve, nomás hay, lo que se ve, turista, de paso, milico del Destacamento, esos ái, los amigos suyos esos, siempre vienen a tomarse sus traguitos, no se machan, no, nunca se machan, solamente se toman sus traguitos, como pa entretenerse alguito, que no hay mucho que hacer, ya habrá visto y una con lo que hay va tirando, don, pero lo de La Terca, porque a mí déjeme como estoy que bien me basto, no, porque no me quiero casoriar ni amañar, nada de eso, mejor lejos el hombre, mejor lejos, sonríe y lo mira, tendría que ser muy bueno, muy bueno y ya tengo hija, la Carmencita, le puso el nombre en honor a la Virgen que fue a pedirle a Dios por ella y por las otras, estamos bien así, con mi tía, que ya la vio usted, don, lo buena que fue conmigo después de aquello, que me hizo lugarcito sin preguntar nada, y eso que yo ya venía gruesa y sin embargo, nada, y así nos arreglamos y vamos viviendo, don, que es mucho, ¿sabe? , es mucho y fuimos probando un puestecito, otro puestecito, y ahora a la muerte de mi tío acá nos ve a las dos, no será mucho, será humilde, pero es limpio, es decente y alcanza.

Antes le había preguntado ¿no puede dormir, don? cuando lo vio en silencio, mirando cualquier cosa que parecía estar allí pero no estaba, con todo el amanecer haciendo frente al agobio y a la polvorienta gelatina de una resaca que no terminó de declararse.

Los otros sí dormían, casi con desmesura, después de tantos por la Patria y tanta anécdota y tanta copa llena y vuelta a llenar. No hablaron de lo específico. Se tantearon jugando a compartir el mismo objetivo fronterizo, la misma verdad, la escarapela, el honor y el servicio. Quedaron para después de diana, para ultimar detalles, después de diana, la bandera en alto mientras se lanza sobre el mundo desolado y puneño el vaporoso amanecer y allá la yunga, piensa y se le van los ojos a los montes, a la selva de altura arrobada de una nebulosa azulina, la libertad es ésto que él es ahora, piensa, este ejercicio del hombre y sus conflictos.

- Matecito, don.

No le pregunta. Lo extiende con un ademán simple y mira la mano varonil que lo recoge y después los labios que ciñen la bombilla de caña. Antes se estuvo preguntando ¿dulce, amargo? pero él no hace ninguna cara, acepta, chupa el sabor oscuro, áspero, el agua es una mierda a estas alturas, les había explicado Huarky a los novatos, no se agarren cagadera y todos revisaron las pastillas, y todos no tendrían cagadera pero estaban medio apunados, está muy alto acá había dicho Relós, no Reloj, como el del chiste de Les Luthiers que le hicieron contar cuarenta veces durante el viaje, porque le salía igual.

A caballo o en bici un desfile de niños de guardapolvo blanco almidonado le parece de repente una postal de antaño, un retrato de un recorte de tiempo que se aleja, una suelta de palomas en reverencia al sol, un sol incaico, casi de bandera de guerra, devuelve el mate y Clarinda ceba mientras se hornea el pan casero en el horno de barro y hay tanto pájaro que grita, tanto pájaro peleándose por migas y por sobras y ella huele a limpio y a madera, vuelve a cebar, el día se hace claro, resplandeciente, enorme. Me gustan los patios, piensa él y ella trae pan, mantequita, dulce de calabaza, se acompañan, tácitos y silentes, el mate va y vuelve de una mano a la otra, llegan las gallinas, roban trozos de pan, chus, chus, las echa ella, agitando el delantal de cocina como una bandera llena de flores.



Últimas piedras rotas




Algo salió mal pero no hubo porqués. Sólo algo salió mal y corrimos durante varias horas llevando el roquedal en nuestro aliento hasta que las piernas se nos deshicieron como nubarrones que no llueven.

Nos volvimos endurecidos como la piedra por la que rodábamos mientras el cansancio solidificaba en nosotros un silencio alto como esos silencios que aquí nunca rozan el cielo.

Desmañados y altos como nuestro silencio, caminamos buscando donde estar, donde existir. Caminamos con la actitud del pastor trashumante que agrega sus cabras al vacío y libera su alma al universo.

Sentado en la inquietud, escribo.

Estamos solos a merced del viento mientras vemos arder la aldea en el fondo de un valle verde claro.

Fuimos los últimos en salir de allí.

(De: Ius soli)

Imagen: Álbum de la tropa

De las cartas cerradas y otras incoherencias (toma XIII)


Vieja carta sin destino aparente.


"Recuérdame, amor mío, que te escriba una carta hecha con aves rubias. Una carta con aves y conejos de color caoba que disipan el sol y alzan espacios de polvo fabuloso. 

Recuérdame que escriba sobre las contingencias de tus pies diminutos en la nieve, cavando los caminos de regreso con aquellos zapatos mínimos que parecían botellitas de sangre. Eran rojos tus zapatos como mis vendas rojas y como las frutas pequeñas y redondas que recogías entre las zarzas áridas. Come, decías, son dulces como pequeñas gotas de alegría.

Tu alegría era roja igual que una manzana. Tu alegría era una mancha roja que mordía mi pecho herido y pálido, y se deslizaba como un río rojo pintándome singladuras de pájaros en un paisaje donde no había nada.

Recuérdame, amor mío, como eran las tardes milenarias junto al fuego en la estufa y tu perfil de claridad contra la curva hostil de la floresta. Dame esa mansedumbre de tus ojos de hembra de gamo que se oculta del oso y la sonrisa por detrás del ala de tu cabello suelto.

Ya no recuerdo más que el olvido. He perdido el nombre de las flores que juntaban tus manos y no sé nombrar el zureo de las palomas que llegaban al pan, de tarde en tarde.

Recuérdame tu boca. Recuérdame tu lengua. Recuérdame las aletas de tu nariz al borde del enojo y la fecundidad de tus pestañas frente al llanto.

Recuérdame tu aliento y tu silencio y el suave derrotero de tus caderas presas en mis manos y ese fondo lacustre de tu aroma ungiéndome la boca.

Recuérdame que me recuerde siguiéndote el cabello como un perro y la aventura de los viejos caminos en las cumbres donde las piedras cantan hondas voces de agua.

Recuérdame, amor mío, si acaso soy aún esta soledad que no ha cambiado."



Terminé de escribir la carta que me había pedido para su esposa y mientras se la leía, mi compañero sin manos murió sonriendo.


Yo lloré.


(De: Ius soli)

Imagen: Album de la tropa


Los pasajes del agua




Ha empezado a llover sobre las piedras y la columna de reclutas aún no se divisa desde aquí.

Cruzar el valle y retornar después salvando el río, con sus torrentes vírgenes de agua de la piedra, lleva, como dice Mistefâ, un mundo de camino.

El aire es una historia de verano donde el verde nos envuelve los ojos con chispazos de flores amarillas.

Hay muchas mujeres que aprenden la guerra en este grupo. Muchachas y mujeres de ojos grandes y cabellos perpetuos, de gesto profundo y convicción de raíz de árbol de montaña.

Sonríen, cantan, cuentan sueños dentro de este desastre apócrifo en que estamos sumidos en un ondulado verano que retumba de ladera en ladera casi como un heroico suceso impertinente: un escenario de belleza inútil en el que se acumulan los combates.

La lluvia es, hora tras hora, una manta suave que resbala sobre las construcciones de piedra en las que olvidamos refugiarnos para esperar a los que no regresan.

Una y otra vez enfoco los prismáticos hacia la hondura despareja de los valles que se asoman apenas en los ojos, cortados por el verde y por las piedras.

Mistefâ sabe lo que busco, pero no dice nada. Solo me ve enfocar el infinito como si el paisaje fuera un hecho de música y yo tratara de encontrar en él un pentagrama para hacer pie en tanta incertidumbre.

Yo busco a Nazirim en el paisaje, porque puedo distinguirla a kilómetros. Siempre lleva flores amarillas en el pelo. Marcha entre los demás con una corona de flores, como un pequeño faro trepador, hecho de primavera.

A veces guardo las flores que se le caen del cabello entre las hojas de mi cuaderno, desde el día en que me preguntó ¿qué escribes? y me entregó una flor amarilla, diminuta, para que se iluminaran las palabras.
"Ven adentro", me dice Mistefâ, que asoma su cabeza desde la entrada de la construcción, "si tienen que regresar, regresarán. No se escuchan disparos".

 Estamos quietos en medio de una nada también quieta, sobre la que llueve con dulzura.

Yo regreso a la voz de mi compañero. Giro los ojos y él, en la entrada, está liando un cigarrillo bajo el agua. Tiene expresión de niño, Mistefâ.

"Vamos adentro", insiste como si no insistiera.

El tiempo pasa con actitud eterna. "Es tiempo de montaña", me dijo una de tantas tardes Nazirim.

Después de muchas horas, el cielo ha dejado de llover y yo apunto una frase en el cuaderno sobre una hoja que tiene adherida una flor amarilla:

"La lluvia se ha cansado de esperarte."

(De: Ius soli)

Imagen: Álbum de la tropa



Participan en este sitio sólo escasas mentes amplias

Chocolate bombón

En tu cuarto hay un pájaro (de Pájaros de Ionit)

Un video de Mirella Santoro

SER ISRAELÍ ES UN ORGULLO, JAMÁS UNA VERGÜENZA

Sencillamente saber lo que se es. Sencillamente saber lo que se hace. A pesar del mundo, saber lo que se es y saber lo que se hace, en el orgullo del silencio.

Valor de la palabra

Hombres dignos se buscan. Por favor, dar un paso adelante.

No a mi costado. En mí.

Poema de Morgana de Palacios - Videomontaje de Isabel Reyes

Historia viva - ¿Tanto van a chillar por un spot publicitario?

Las Malvinas fueron, son y serán argentinas mientras haya un argentino para nombrarlas.
El hundimiento del buque escuela Crucero Ara General Belgrano, fue un crimen de guerra que aún continúa sin condena.

Porque la buena amistad también es amor.

Asombro de lo sombrío

Memoria AMIA

Sólo el amor - Silvio Rodríguez

Aves migrantes

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Feria del Libro de Jerusalem - 2013

Feria del Libro de Jerusalem - 2013
Café literario - Centro de convenciones de Jerusalem

Acto de fe

Necesito perdonar a los que te odiaron y ofendieron a vos. Ya cargo demasiado odio contra los que dijeron que me amaban a mí.

Irse muriendo (lástima que el reportaje sea de Víctor Hugo Morales)

Hubo algo de eso de quedarse petrificado, cuando vi este video. Así, petrificado como en las películas en las que el protagonista se mira al espejo y aparece otro, que también es él o un calco de él o él es ese otro al que mira y lo mira, en un espejo que no tiene vueltas. Y realmente me agarré tal trauma de verme ahí a los dieciseis años, con la cara de otro que repetía lo que yo dije tal y como yo lo dije cuarenta años antes, que me superó el ataque de sollozos de esos que uno no mide. Cómo habrá sido, que mi asistente entró corriendo asustado, preguntándome si estaba teniendo un infarto. A mi edad, haber sido ese pendejo y ser este hombre, es un descubrimiento pavoroso, porque sé, fehacientemente, que morí en alguna parte del trayecto.

Poema 2



"Empapado de abejas
en el viento asediado de vacío
vivo como una rama,
y en medio de enemigos sonrientes
mis manos tejen la leyenda,
crean el mundo espléndido,
esa vela tendida."

Julio Cortázar

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.

Mis viejos libros, cuando usaba otro seudónimo y ganaba concursos.
1a. edición - bilingüe