Sobre dioses y causas


Desde que volvió le pusieron La Terca, dice, pero se llama Clarinda del Carmen, Costa de apellido, por la Virgencita del Carmen lo del Carmen, aclara, que ella le pedía a la Virgencita que fuera y le pidiera a Dios que las sacara de ahí y fue la Virgencita nomás y Dios, sonríe y lo mira como a un santito de ermita, vino.

Y sí, dice después, acá, lo que se ve, nomás hay, lo que se ve, turista, de paso, milico del Destacamento, esos ái, los amigos suyos esos, siempre vienen a tomarse sus traguitos, no se machan, no, nunca se machan, solamente se toman sus traguitos, como pa entretenerse alguito, que no hay mucho que hacer, ya habrá visto y una con lo que hay va tirando, don, pero lo de La Terca, porque a mí déjeme como estoy que bien me basto, no, porque no me quiero casoriar ni amañar, nada de eso, mejor lejos el hombre, mejor lejos, sonríe y lo mira, tendría que ser muy bueno, muy bueno y ya tengo hija, la Carmencita, le puso el nombre en honor a la Virgen que fue a pedirle a Dios por ella y por las otras, estamos bien así, con mi tía, que ya la vio usted, don, lo buena que fue conmigo después de aquello, que me hizo lugarcito sin preguntar nada, y eso que yo ya venía gruesa y sin embargo, nada, y así nos arreglamos y vamos viviendo, don, que es mucho, ¿sabe? , es mucho y fuimos probando un puestecito, otro puestecito, y ahora a la muerte de mi tío acá nos ve a las dos, no será mucho, será humilde, pero es limpio, es decente y alcanza.

Antes le había preguntado ¿no puede dormir, don? cuando lo vio en silencio, mirando cualquier cosa que parecía estar allí pero no estaba, con todo el amanecer haciendo frente al agobio y a la polvorienta gelatina de una resaca que no terminó de declararse.

Los otros sí dormían, casi con desmesura, después de tantos por la Patria y tanta anécdota y tanta copa llena y vuelta a llenar. No hablaron de lo específico. Se tantearon jugando a compartir el mismo objetivo fronterizo, la misma verdad, la escarapela, el honor y el servicio. Quedaron para después de diana, para ultimar detalles, después de diana, la bandera en alto mientras se lanza sobre el mundo desolado y puneño el vaporoso amanecer y allá la yunga, piensa y se le van los ojos a los montes, a la selva de altura arrobada de una nebulosa azulina, la libertad es ésto que él es ahora, piensa, este ejercicio del hombre y sus conflictos.

- Matecito, don.

No le pregunta. Lo extiende con un ademán simple y mira la mano varonil que lo recoge y después los labios que ciñen la bombilla de caña. Antes se estuvo preguntando ¿dulce, amargo? pero él no hace ninguna cara, acepta, chupa el sabor oscuro, áspero, el agua es una mierda a estas alturas, les había explicado Huarky a los novatos, no se agarren cagadera y todos revisaron las pastillas, y todos no tendrían cagadera pero estaban medio apunados, está muy alto acá había dicho Relós, no Reloj, como el del chiste de Les Luthiers que le hicieron contar cuarenta veces durante el viaje, porque le salía igual.

A caballo o en bici un desfile de niños de guardapolvo blanco almidonado le parece de repente una postal de antaño, un retrato de un recorte de tiempo que se aleja, una suelta de palomas en reverencia al sol, un sol incaico, casi de bandera de guerra, devuelve el mate y Clarinda ceba mientras se hornea el pan casero en el horno de barro y hay tanto pájaro que grita, tanto pájaro peleándose por migas y por sobras y ella huele a limpio y a madera, vuelve a cebar, el día se hace claro, resplandeciente, enorme. Me gustan los patios, piensa él y ella trae pan, mantequita, dulce de calabaza, se acompañan, tácitos y silentes, el mate va y vuelve de una mano a la otra, llegan las gallinas, roban trozos de pan, chus, chus, las echa ella, agitando el delantal de cocina como una bandera llena de flores.






- ¿Extraña su familia, don?
Pregunta porque lo ve sonreír mientras ella espanta las aves. Sonríe como si estuviera lejos, abrigándose las manos con el mate, como cuando uno recuerda cosas lindas, dice Clarinda, explicando su pregunta, porque los ojos la miran y ella oye, no tengo y siente una súbita compasión por el milico, como él debió sentir aquella vez, piensa, en que se quedaron mirando nunca supo si fueron segundos o siglos, porque esas cosas de Dios pasan como lejos del tiempo, cuando él le puso todos los billetitos en las manos y le dijo apurate, andate lejos, volvé a tu casa, negrita, dale, y ella corrió y se llevó a las otras con ella, encabezando hacia la libertad la libertad.

- Yo de cuando me agarraron no me acuerdo.- dice, cavilosa, unta el pan, extiende el dulce, pero como si hablara hacia adentro de ella misma y mientras habla, ofrece la rodaja y mira la mano que se extiende y recibe, y le da pena la mano, mucha pena, habrá andando en alguna guerra, toda llena de eso que no sabe si ¿son cicatrices o sabañones? y lo escucha, me quemé con almíbar, hombre tenía que ser, no se dan maña para la cocina, dice, achispada, riendo y lo hace reír, pero plancho bien, le contesta el milico y ella dice, si ya veo, ya, y los ojos caen en el cuello de la camisa y en los puños, ya quisiera yo dejarlos así, agrega y acota, no me gusta planchar y suelta una risita entre púdica y amplia.
Ahora ceba él y ella repite que no se acuerda cuando se la llevaron porque era muy mocita y me hice vieja ahí, vieja de adentro, explica porque él le dice, pero eras joven negri en aquel entonces, y se siente ridículo por no entender lo grande de la idea, así que se calla y le permite hablar a ella.
- Cuando usted llegó, yo tenía la edad que mi hija tiene ahora...Todo es lo mismo. Los paquetes...todo es lo mismo, viene del mismo lado.
- ¿Los paquetes?
- Los paquetes...usted sabe. Los que está buscando el Jacinto Hortizabal y que se ve que usted también, que lo ha venido a ayudar a él ¿no? A los “huelleros”.¿no?
- Pero no hables de esto.
- Con usted, nomás. Con Dios se puede hablar de todas cosas.
- Yo no tengo nada que ver con Dios.- responde, fastidiado por la insistencia mística – Sacate esa idea...Yo no estaba ahí por ningún asunto que tenga que ver con Dios.
- Dios escribe derecho en renglones torcidos.- se conforma ella, sonríe, con una sonrisa plena y larga y vuelve a espantar a las gallinas – Yo no cuento esa parte de mi vida. Ni ninguna parte. Mejor callada.
- Rico el dulce.- dice él, mientras le ceba un mate en el que empiezan a nadar los palitos.


(De: Sin puerta en la muralla - 1ª edición - 2011)
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